viernes, enero 27, 2017

EN EL CORAZÓN DEL CORAZÓN DEL PAÍS de WILLIAM GASS

 















in the heart of the heart of the country 1958
Ed. Alfaguara 265 Pág.
Trad. Ana Antón Pacheco



Ya nadie mira por la ventana. Miras a las ventanas, a los balcones, a las azoteas de las ciudades y nadie está asomado viendo el discurrir de la vida bajo su alfeizar, acaso una señora está regando las flores, las pocas flores que ya tiene, pero nadie parece quere observar lo que pasa en  la vida allí fuera. La gente se sedimenta en casa, se solidifica frente a la televisión , en el ordenador, en la tablet, en la mirada baja del móvil. Se han cerrado sobre sí mismas y les importa más lo que ocurre en un plató de televisión o en la webcam que se asoma desde el balcón de alguna rara e importante ciudad, que el transcurrir de la vida entre sus calles, entres sus curvas y sus voces. Es una vida de espiral que se pliega sobre sí misma en cada círculo casi concéntrico que en cada curva se va aislando más del exterior, con capas y capas de cerrada piel, gruesa piel protectora, que nos curva hasta los huesos sobre si mismos, como un cielo protector rellenado con la palabra yo, o la palabra nuestro. El centro del universo en un metro cuadrado de aire que respirar y que nos va ahogando encerrados en esa espiral que se inmiscuye en nuestro pulmones y se extiende en nuestros ojos, que solo ven círculos cerrados en sí mismos donde no tenemos vecinos, ni amigos, ni siquiera conocidos de vista. Ciegos de emergencia, cíclopes a los que ya ha visitado nuestro Ulises egoísta, patrones de barcos encallados porque no tienen remeros. Nadie silbará nuestras sentencias, solamente mirará nuestra tumba pasar callados solo en ese instante. William Gass, también se cierra en ese aparente aislamiento del humano en si mismo, se cierra parapetado en el inmenso retiro o desamparo, no lo sé, de los personajes en los campos sin fin del centro de Estados Unidos; son como barcos flotando en una mar de llana tierra seca, solo asaltada por la nieve desde el cielo, el calor desde los poros, y la soledad desde los rincones. Pero no me engaña esta aparente recogimiento de los personajes de Gass, la espiral en la que se encierran los aplasta de tal manera que vuelcan el contenido de su mente y su corazón y su estómago en largos monólogos, que muestran lo que nadie quiere mostrar: el tuétano del centro de nuestros pensamientos. Y , de ese modo, son escupidos hacia fuera, con la piel al revés, mostrando sus entrañas, órganos y tibiezas, y ocultando lo evidente, lo que engaña: su cara y, en ella,  sus ojos.

Este libro se compone de cinco cuentos. En todos ellos habla su protagonista desde los rincones más ocultos de la mente, en un monólogo que se mueve desde el monólogo interior hasta la descripción impetuosa y aparentemente irreflexiva de lo que le ocurre, o lo que le ocurrió, o lo que algún personaje quiere que ocurra; y nos muestra, doloridas, las cosas, los sentimientos, las impresiones, las experiencias y fantasías  que les roen  la mente y el cuerpo.

Jorge, un niño que vive en una granja, ahora aislada por la nevada y la ventisca, debe ayudar a que un joven de una granja cercana sobreviva de las congelaciones que ha sufrido en una extraña escapada entre ese frío. El viaje a la granja de esa familia será una travesía a lo profundo del terror y del horror para Jorge.
Un hombre que quisiera vivir apartado de todo, comienza a vivir en un barrio donde analiza a sus vecinos con mirada cruel. Recreando cada mirada, cada grito, cada aspaviento, cada silencio como el recorrido hacia el infierno que resulta la vida con ellos. Pero su mente se esconde hasta de su aguzada lengua.
Un vendedor de casas comienza a ser poseído por los lugares -las casas, los terrenos, las tiendas- que quiere vender o en la que vive: lo poseen, hasta en sus expresiones más destructivas, hasta en las más efímeras. Su mente sortea la soledad y la destrucción admirando lo que no es él: parte del mundo.
Una ama de casa comienza a observa escarabajos muertos en su alfombra. El asco se convierte en curiosidad y esta en admiración; profunda, alargada, siniestra pero edificante para ella; descubre la belleza de lo escondido, de lo que no se quiere mirar, de lo oculto a los humanos.
Un poeta nos va mostrando una población de Indiana, casi etiquetándola, a sorbos, a pedazos; es un lugar seco de espíritu, pero la descripción, a veces, es húmeda de deseo: el deseo por una mujer que, quizá, por allí vivió, pero que sí vive en la mete del poeta aun ahora, anda y pasea, y hace el amor entre sus sesos, pero que no está, que fue, que había sido, Que le asalta cada vez que mira a un lugar que adora, a pesar de sus habitantes, tan profundamente tradicionales.


Gass mira la mente del que habla, siempre va ascendiendo -escalando hacia el cielo de las ideas ocultas- por la cuerda de las palabras y allí encuentra el sitio donde se descubre lo más recóndito de la mente: lugar donde se pergeña el monólogo que comienza en lugares comunes: enfadados, contentos, sorprendentes, aparatosos, silenciosos, envidiosos, pulcramente normales, hasta llegar a un grado casi de desatino mental, a un, a veces, desaforado monólogo interior que va explotando puentes, atacando molinos y gigantes de hielo, derribando casas e imposibles faros marinos, abatiendo estrellas del norte. Desde aquellos planteamientos casi lógicos, pensados, normales, vulgares, de esos que descubres -al momento- cuando entras en un bar donde conoces a todos; Gass da la vuelta al plano, y los lugares y los deseos se trastocan,  caen por la pendiente, incluso ves que las realidades, los anhelos o las intenciones, o simplemente el tono de las versiones o suplicas o exclamaciones que describían los personajes no siempre eran ciertas, y existe como una emigración de almas -un intercambio de sentimientos  o de espíritus-, desde el que habla al que es descrito, o al pueblo o al ansia o al capricho. A veces la pretensión se convierte en terrible realidad o a veces el deseo es la meta que nunca se alcanzará; otras veces la frustración pasada o presente se convierte en el único lugar donde se posa la mirada y altera sus medidas, esa  frustración crece y se hace gigantesca o se convierte en lago tan efímero como el hielo que acabará fundiéndose llevándose lo que quedaba de belleza o de inspiración o de curiosidad o de interés por la vida .

El viento y la nieve barre el centro del centro de Estado Unidos y a los personajes de Gass siempre trae o se lleva algo: trae odio recogido entre pobreza, estupidez y locura, trae envidia y curiosidad, letargo e impaciencia; lleva silencio y abandono, trae amores pasados o sentimientos perdidos, trae curiosidad y miradas inquisitivas,  trae frío y desamparo; trae y  los  arrastra y los remueve y golpea contra las casas y los horizontes sin fin. El paisaje es tan grande que fabrica soledad, los muros solo sirven para los humanos, las verjas se caen de dolor; el viento trae recuerdos de pasados mejores, de pérdidas; el viento y la nieve hacen bello el paisaje no el paisanaje.

A veces ocurre que leyendo un libro sientes la sensación que sabes la palabra que sucederá a otra, por la simple razón que es la que encaja, la que lo embellece, que es la que debe ser, que es la que necesita esa verbo, o ese sustantivo; pero, todo es tan nuevo y tan viejo, tan original o tan sellado con lacre como el nacimiento de un río, que siempre lleva agua y siempre lo hará, pero nunca, ni por un segundo, es la misma, como el fluir de este libro.

Wineruda


martes, enero 24, 2017

EL PADRE MUERTO de DONALD BARTHELME

 




















the dead father 1975
Ed. Sexto Piso Pág. 187
Trd. Catalina Martínez Muñoz

Las noches de estudio, por aquel entonces, en la universidad eran largas, llenas de café y de miradas aburridas  a las paredes llenas, en aquel piso de alquiler, de espantosos papeles pintados de lo más profundo de los años 80, o 70 o 60 ...a saber, de cuadros de paisajes de campos vacíos con montaña al fondo, de muebles que se torcían de viejos, de manos que temblaban de frío. Aquellas noches para sentirme acompañado, tenía a mi lado una radio que, movido por mi inadaptación a oír una emisora más de 10 minutos seguidos, cambiaba a menudo, y aquel mover el dial a las 3 de la madrugada, es una sensación que siempre se me quedará en la mente, aquel pasar de una emisora en inglés, a una retransmisión de música clásica, a más allá los Rolling imposibles a esas horas de la noche, y la aguja se movía emitiendo ese ruido granulado y nervioso, hasta que una voz hablaba de amantes por la noche, y otra sobre espectros y aparecidos, susurrando las palabras, arrastrando las vocales. Todos esos sonidos, todas esas voces fantasmales, todos aquellos sitios distantes cosidos por una aguja y el cabeceo del sueño hastiado de café, se unían en un grupo bastardo en origen, y completo en el final: la voz de Mick Jagger hablaba desde las ondas sobre espectros, que se abalanzaban sobre el comentarista inglés que acariciaba a su amante castellana que amaba unos compases de música clásica; la aguja del dial me susurraba sonidos inconexos que aún suele repetirme, de madrugada, por la noche – Mea culpa –. Barthelme es la aguja de la radio que nos va llevando por sus espacios, por el éter de lo surreal, por la maza del enfermo crónico de mordacidad. Nos fantasea desde los límites de la ficción, una vez rotas las vallas de la teoría clásica de la novela, él está en otros territorios, porque no es ciencia ficción, no es realismo mágico, es otra cosa. Es el sueño de las ondas de la radio cuando todos estamos dormidos, en esos momentos que cuentan que existe ese sitio en lo que lo absurdo es tan real como lo lógico, donde los muertos hablan y los vivos no mienten, donde el humor no está sujeto a reglas, donde la irrealidad solo está en la mente de los dormidos, ese lugar donde nadie parece estar fuera de tiempo, nada parece fuera de lugar porque en ese lugar todo es posible.


El Padre Muerto medía 3200 brazas, es enorme, ocupa barrios enteros, circunda manzanas, su cabeza apoyada sobre el asfalto se eleva metros hasta la punta de la nariz. Es el cuerpo insepulto del Líder, del Poseedor de la Verdad, del Dictador Onmívoro de poder, ¿postrado a los pies? de un grupo de personas que deben llevarlo a su tumba: allá está el que probablemente sea su hijo Thomas, y su amante Julie, y un montón de hombres pagados (19) que arrastrarán el cuerpo hasta ese destino triste, porque un tractor quedaría cutre y poco reverencial. El viaje es un momento en el que el el Padre Muerto expondrá sus razones por las que hizo lo que hizo, por las que quiere pensar que vive, y por las que comentar su vida con sus acompañantes, y digo hablar, porque aún muerto habla y mata y salta, y desea sexo y se enfada. Pero su hijo Thomas sabrá contener sus iras y venidas, sus apetencias de viejo muerto, sus deseos de muerto insepulto. El grupo viajará por un país en las que las aventuras será pocas, los placeres escasos-más allá del sexo esporádico- el alcohol probable y los bailes escasos y siempre iguales -acaso algún baile con gorilas que no saben bailar y menos entablar una conversación oportuna-. Y lo llevarán a un final que no se debe contar, que no se debe decir en una reseña, pero lo lógico se olvida en esta novela, los cuentos parecen largos y las novelas cortas, y los amantes escasos y las culpas divinas. Los muertos se entierran para hacer hueco a otro que enterrarán dentro de algunos años tan grande e inutil como el anterior, tan ridículo y sabio como él.

Lo absurdo muerde todos los lados de la novela, la deja rodeada de dentelladas llenas de la sangre que provocan sus armas: Barthelme golpea con una hacha los huesos de la paternidad, de la gesta de ser padre, de la doliente sensación de la conducta paternal inequívoca, de la incontestable sensación de poder de los hombres sobre sus hijos e hijas. Y con ella cuenta desde los lados más salvajes y satíricos y surrealistas, y vivaces y simbólicos y dignos de un epitafio ocurrente, la caída del poder del padre, su entierro desesperanzado, su impotencia al intentar oponerse al mundo, al nuevo mundo donde el hijo será el nuevo tontopoderosopadre, y el antiguo es enterrado tras una decadencia que trascurre entre imperdonables acusaciones, entre sarcasmo  simbólico a borbotones, entre humor para provocar que alguien diga: Mea Culpa, Mea Culpa. Torrentes de imágenes ridículas, de visiones degradantes, de visiones patosas, acusan al padre de que fue quien fue tan estúpidamente como parece, que las cosas desaparecen para volver de nuevo, sin ti, porque tu poder se ha muerto cuando ya no eres ni el mas fuerte, ni el más amado, ni el más querido, perdido en sus lejanas valentías, en sus pasados gloriosos, el alud te derriba montaña abajo; hasta que Barthelme lo hace caer en el socavón, enorme que es su tumba de tierra y excavadoras preparadas para taparte porque la grandeza solo sirve para usar excavadoras al morirte.

Morirte de pena, de humor, morirte de olvido, morirte de risa, morirte de golpes del destino, morirte de surrealismo, morirte de nuevo, morirte de viejo, morirte de tan diferente que nadie te leerá, morirte de a quién le importa, morirte de que son malos tiempos para los libros de extraña composición, morirte de pena porque acabe, morirte de pena porque lo original deja de serlo cuando has acabado de leerlo.

Si la radio callara un momento por la noche y alguien se pusiera a leer este libro, arrastrando las vocales, no provocaría miedo, solo carcajadas o sonrisas irónicas de las alocadas y extrañas imágenes que se crean en él, algunas que sonrojaría, incluso airaría, alguna mente bien pensante de lo literario y de lo “civil”; nada parece importar a Barthelme que aporrea , --aporrearía las teclas sobre las páginas del papel blanco, seguro, en alguna máquina de escribir de las de entonces , acaso oyendo la radio-- para golpear a diestro y siniestro, hasta a la propia literatura académica, al tiempo, al espacio, a la lógica, a los bárbaro y lo protegido, a lo no contable, a lo que debe callarse, a lo que callanoseasatrevido, a las almas perdidas y a los contrarios a la novela de lo absurdo para contar lo absurdo. La novela, la noche que la leyera esa persona por la radio, no la escucharía nadie-sería muy tarde ya- pero se quedaría en las ondas, como un recuerdo que deben acertar a atrapar en el dial las noches que te quedes mirando los papeles pintado de los 60, 70 u 80, y los cuadros de paisajes olvidables, y moviendo el dial hasta que una voz espectral hable de padres, hijos, amantes, simios, pueblos malditos, tumbas y sabios, Y saltarán sobre el cuello y el lomo, para cabalgar sobre él, del libro secreto que se oculta en mitad de este libro: “Manual para hijos”, una orgía de humor salvaje, de imágenes tan ocurrentes y disparatas, tan absurdamente racionales, tan atrevidas, tan locas, y extrañas que apabullan con ese aparatoso sentimiento que se produce cuando la sucesión de imágenes crea el sueño extraño del esplendor de lo mágico, de la belleza de lo absurdo, de la pereza, por un momento, de lo lógico.


Wineruda

viernes, enero 20, 2017

EL BARRIO de GONÇALO M. TAVARES




















EL BARRIO de GONÇALO M. TAVARES
o bairro (2002-2010)
Ed. Seix Barral Pág 547
Trad. Florencia Garramuño




El otro día llovia, llovía mucho, pero me decidí a pasear al lado del río, llevaba los auriculares conectados al mp3 y oía, por milésima vez, el concierto para piano opus 54 de Schumann. El fragor del rio no ocultaba el sonido del concierto desde que entra como golpeando la puerta en sus primeros compases y que, desde allí, se elevaba por encima de las caídas de agua y el sonido de las piedras chocando entre ellas, y la furia color crema que intentaba silenciar la melodía casi esférica, el piano de teclas hechas del material de los ecos que vienen del pasado, y de la orquesta tan circular y soberbia como para entretenerse en decir cómo es. El otro día llovía, llovía mucho, y decidí no salir a pasear al lado del río, así que me animé a abrír un libro y oír el concierto para piano opus 54 de Schumann, mientras lo leía. El fragor de la belleza del concierto para piano, no podía compensar el estruendo que brotaba del libro, ese soberbio ruido de caídas de verbos y adjetivos, el que se genera cuando la poesía se choca con la prosa, el furioso sonido de las hojas blancas peleando por mostrarte el texto, las primeras, entre el estruendo del piano que se arremolinaba junto a dibujos que expresaban ideas casi filosóficas, entre la algarabía del violín rasgando poemas que parecen surgir de verbos, que parecen surgir de sustantivos, que parecen surgir de ideas, que parecen surgir del ruido de una cascada que gotea, que parece surgir de la pared donde nace la sensibilidad de un poeta; no podré dejar de lado la algarabía del violonchelo que no podía con el jaleo que generan los personajes que muestran su excentricidad a prueba de disfraces,  muestran su carácter instruido, destructor y corruptor de las malas ideas, corrector de las buenas, su ironía a disgusto de mercaderes de leyes; y que pueblan el libro; jaleo que se eleva del libro tapando el ruido que hace el rio, la orquesta, el piano, y el sonido que hace la obra al abrirse, pero no al cerrarse porque no se puede.

“El barrio” son 10 cuentos largos o novelas cortas, o libros sobre reflexiones largas y cortas de texto, o un libro sobre dibujos que aleccionan textos, o textos que crean dibujos, o minicuentos que se ensamblan para componer cuentos, o cuentos que se encajan para componer minicuentos que, a su vez, se dividen en micro-ideas luminosas, que se descomponen en todos los colores del arco iris llenos de ideas. Ideas que tantean a oscuras hasta encontrar la salida y unas veces salen por el rojo, otras por el blanco o por el amarillo o... Todo depende si el Personaje al que le toca salir de su casa del barrio, y nos muestra su vida y sus pensamientos, sale de noche, o sale de día, o sale derecho o sale tumbado, o sale borracho, o sale filósofo, o sale poeta o sale periodista o sale argumentador, o sale inventor, o sale soñador, o sale paciente, o sale displicente o sale hablador, bueno eso no, habladores son todos. Desde el que vive en constante lucha con la enciclopedia y la absenta, buscando la manera de que se hermanen en el punto justo de inteligencia y actitud, y y mantener el estado de equilibrio que todo buen enciclopedista debe tener en un bar. O podemos ver que sale por algún agujero que han abierto las micro-ideas y que se van convirtiendo en otra cosa, crecen como los cachorros de perro de san bernardo, a una velocidad inusitada, y las buenas ideas se convierten en grandes ideas en pocos pasos del calendario; y, como decía, entre los cuentos, aparece un señor, -Breton creo recordar, pero no es importante, lo descubrirán ustedes- que se entrevista a sí mismo buscando razones de la poesía para ser así, modos de ver la poesía, pero no se contesta, hoy está arisco. Hay un señor Eliot que busca entretener y educar al barrio disertando sobre versos de la historia de la poesía, y se sale de sus cauces y entra e invade e imita y desenrolla y enrolla y es poco amistoso con algún poeta al que critica, con denuedo, por ese verso. Y hay un señor Calvino que es tan listo como su homónimo y busca equilibrar el mundo equilibrando su mundo, es un tipo de frases sentenciosas muy rectas similares, pero en distinto nivel claro, a las de un juez a punto de jubilarse -pero no legales evidentemente-. Y hay un tipo que pierde su casa en medio de una catástrofe de gremios, y otro que dibuja en objetos circulares y cuadrados-entre otros- las razones por las que el mundo funciona y los modos por los que debería funcionar, con una idea esquemática y cruel para con los filósofos de letra armada. Y hay un periodista que apostilla textos ácidos con ideas crueles contra la estupidez---¡cuál? La política es evidente... Y hay un señor Juarroz, que inventaba su mundo cada día,. Y hay un señor...


El primer movimiento del concierto opus 54 de Schumann es el allegro affettuoso, no sé italiano, pero es evidente su significado, creo. Encaja en el libro, alegre porque el libro es un dispendio de humor sagaz, un despilfarro de ironía, un desembolso de sentencias cortantes como los filos de los folios A4; y es tanta, como digo, que desborda el libro, se va por las páginas, arrastra letras que chocan entre sí, y crean un estruendo  de sonrisas, lógica pedestre y empatía que no deja oír que son las 4 de la mañana en la maldita campana de la iglesia que aun sigue sonando, no sé la razón, y ya debo apagar la luz, y esperar que este desbordamiento del libro continúe mañana, y que el señor Henri, el señor Breton, el señor Calvino, el señor Valéry, el señor Brecht, el señor Juarroz, el señor Walser, el señor Kraus, el señor Swendenborg y el señor Eliot , sigan estando mañana -hoy- en las hojas del libro y que la algarabía  de la inundación tarde en acabarse porque la belleza de la visión y de lo que lleva el agua, es, como la del Nilo, la que alimentará las orillas  fértiles de mi imaginación y de mi sensibilidad por los cuentos, o la  poesía o la filosofía o el humor o la lógica extraña o la ironía o el dibujo o lo que rayos sea esto...


Terminó el libro y escucho a Schumann, parece que se echan de menos... ¿Será la belleza?...




wineruda

miércoles, enero 11, 2017

EL LIBRO ANZUELO O CÓMO INTENTAR ENCONTRAR EL CEBO PARA VOLVER A LEER




EL LIBRO ANZUELO O CÓMO INTENTAR ENCONTRAR EL CEBO PARA VOLVER A LEER


He leído, creo, unos 75 libros el año pasado y, de repente, me quedo parado. Empiezo libros que son buenos, pero que no arrancan. No es extraño, cada año pasa lo mismo. Necesito un libroanzuelo, un señuelo que me atrape y me arrastre para empezar de nuevo. Sí, todos los años me pasa lo mismo, voy saltando de libro en libro, que a los meses devoraré con gusto, pero en enero no encajan; quizá necesite que el anotador me dé el pie de mis lecturas, o acaso necesite un juez literario-deportivo que dispare, no sé, balas de ideas o me dé el relevo que usan los atletas, incluso puede que necesite que me golpee con él en la cabeza, todo debe ser estudiado. Lo que no sé es la razón por la que me sucede en enero, quizá sea la presión de un nuevo año a estrenar, un horizonte de lecturas a dirigir y coordinar; además, como no tengo mucho sentido del orden, todos mis libros, os juro, están manga por hombro, están diseminados por suelos, armarios, bibliotecas abarrotadas, quizá sea que enero me dice que ya es hora que me ordene, pero como me resisto, no me premian con una lectura que sea sostenida en el tiempo.
Pero para responder al título de este comentario, la forma de encontrar el cebo para volver a leer... Pues... Lo cierto es que os parecerá ridiculo, pero es mirar mi lista de libros a buscar y mis obsesiones privadas que ya ni las apunto: - Tunström, Manganelli, Hrabal, Fenoglio, Barthelme, Gaddis...-.Y mirar por todos los buscadores de libros que conozco -muchos, sí, muchos- para que algo aparezca donde no estaba, o algo me diga que estaba pero no me fijé, y horas y horas después sigo sin saber qué leer. Así que mi intento se acaba ahí, y procuro mirar en blogs amigos-enemigos,  -enemigos son en los que me corroe algo por razones inconfesables razonablemente cercanas a la envidia lectora- Y pasan los días, y se acaban las gafas y los colirios, incluso aprovecho mi insomnio para sacar más horas al día, y el libro-cebo se ha escurrido, parece, por el lavabo.
Releo a Richmal Crompton, porque se deja leer, saludable e inocente, y como todos los años, revienta en mi cerebro un nombre, los de los otros años no me acuerdo -lo prometo- supongo que será el primero que aparece en enero en el blog -cuando lo he escrito, evidentemente-. Y siempre es ese, el elegido , el que encaja, el que discurre fácil, inconfundible en la lectura, y lo leo en un día o en dos o tres, tenga una o 1000 páginas. Este año me ha sido más fácil de lo normal, estaba colgado sobre mi cabeza, como esos muérdagos que cuelgan los americanos para provocar el beso, y que aquí se marchitan excepto en casa de modernos navideños. El título se me ha caído encima mientras oía alguna sonata de Beethoven o Scarlatti, lo sé porque llevo varía semanas oyendo solo eso -es enero...-, y, según ha caído , lo he pedido y espero su llegada, con pasión. ¿Qué libro es? 

“Barrio” de Gonçalo M. Tavares. Investigad sobre él, y alguno tendrá la misma obsesión que tengo ahora yo por él.

El cebo es..obsesionarse. Sana o malsanamente: empecinarte, ofuscarte, obnubilarte... todos los sinónimos que quieras, por un libro, ese libro: el bueno..


wineruda

jueves, enero 05, 2017

LA VIRGEN DE LOS SICARIOS de FERNANDO VALLEJO


















LA VIRGEN DE LOS SICARIOS de FERNANDO VALLEJO
Suma de letras. 174 pág.




Dicen que oler el aroma de una piel de naranja ayuda a paliar el estrés. No sé si es cierto, pero lo más probable es que si lo hiciera terminaría arrojando la piel, los huesos, los gajos y hasta la sangre de la naranja sanguina -que esa tenía que ser- por la ventana; y, quizá, apuntaría, la naranja entera, gorda y pesada - llena de ese jugo rojo sangre-, a la cabeza de los que me lo han provocado: jóvenes borrachos gritando de madrugada, viejas criticando al lado de tu oído, padres con el cerebro degradado por los polvos talco, madres con sobreabundancia de servilismo hacia sus hijos, carteros con poca gracia, médicos aburridos, salvadores de nada, pálidos jinetes, vendedores de tabaco sin tabaco, grafiteros con poco arte... Y yo que me dejo influir...arrancándome mechones del escaso pelo, y me muerdo los labios y se me caen los dientes, y me reduzco y pierdo tamaño, y cazo moscas con bombas de mano y hormigas con bazookas, y me resbalo en una gota de cerveza y sobrevivo, apenas, en junglas de asfalto sin un John Houston que me dirija ni una Marilyn Monroe que me ayude a escapar. Así que me sorprendo mirando con curiosidad malsana y cierto apego insalubre, a Fernando Vallejo, y su otro yo, Fernando, personaje y protagonista de la novela, que destruyen, roen cimientos, reptan, despedazan, rompen o eliminan, todo aquello que odian o les molesta, -más allá del estrés- o les molestaba, de aquella Colombia y de aquel Medellín de los años de Pablo (Escobar) de los años 80 y 90 del siglo XX. Y Vallejo enfoca el haz de luz, y apunta la afilada y ácida pluma a presidentes, cardenales, a alcaldes, a cantantes, a la izquierda, a los conservadores, a los habitantes a los que no habitan a los que podían habitar a los que alguna vez cruzaron por allí; un lluvia ácida, un invierno nuclear de letras negras, una sacudida telúrica de crítica y de feroz ensañamiento cae sobre ellos desde el infierno.


Fernando, un especialista en lengua y lenguaje, llega a Medellín después de pasar toda su vida en Europa, allí se encuentra con una ciudad diezmada, una sociedad agrietada y con los restos de lo que fueron los grupos de sicarios que, promovidos por los narcotraficantes, ejecutaron a amigos y enemigos, a inocentes que cruzaban por su camino y a culpables que no lo hicieron, que acabaron con familias y, al final con ellos mismos. Ellos y los otros sicarios resumieron su vida en un final circular en el que los que mataban terminaban muertos por otros que mataban por encargo, que a su vez... Fernando llega a esa Medellín, donde conocerá en los más altos bajos fondos a Alexis, joven sicario -como todos- que acogerá en su casa como amigo y como amante. Su amor será pasional, será casi de maestro a maestro: de maestro de la muerte a maestro de la vida Su existencia y su conviencia en Medellín será una orgía de sangre, en la que Alexis mostrará su amor por Fernado tomando en serio su crítica a la mala forma de vida de las personas con las que se cruza: con los maleducados, con los molestos, con los asesinos, con los pesados, con los no cumplidores, con los que no saben realizar su deber; de modo que se convierte en “Un Ángel Exterminador” que acaba con todo lo que le molesta a su compañero -su amor-, ayudado por su destreza y por la impunidad de los asesinatos entonces y allí. De modo que los muertos se amontonan reflejo del amor y el respeto, provocando un socavón de muerte, una caída de cielos e infiernos, un destrozo vital. La sangre tapa los calles sucias, las balas se mueven más rápido que los que huyen, los infiernos se llena de palabras soeces a medio decir, y de malas miradas a medido terminar; de gestos molestos a punto de volver a ser hechos, de gente sin respeto a punto de intentarlo...

Y mientras tanto, en la Iglesia de María Auxiliadora, Virgen a la que los pequeños y grandes sicarios van a pedir por ellos y por sus víctimas, se va llenando de oraciones colgadas en medio de una frase que se ha perdido entre balas; cada vez quedan menos sicarios; la esfera de la muerte rueda como una bola, arriba y abajo de las “comunas” que dominan la ciudad, suben y bajan de uno a otro barrio, destrozando lo que debajo queda. Y la Virgen de los sicarios, parece quedar perdida entre todo aquel ruido de oraciones susurradas, de promesas, supersticiones y miradas caídas. Medellín caía entre rezos y balas.


Fernando no hace un libro cualquiera, en su guerra literaria no hace prisioneros, no tiene amigos, no parece echarse atrás. Da nombres, dice lo que opina de ellos, acusa y señala. Nadie queda incolumne entre sus páginas, cortas pero fecundas en letras. El horror de lo que cuenta, la vuelta de tuerca que va cerrando todo hasta estrangularte con visiones de de sangre y muerte...Y a veces, paradójicamente, son tan exageradas en su descripción, tan directas en su ejecución, tan raramente lógicas en el planteamiento que de ellas hace el personaje de Fernando, que aparece una especie de “síndrome de Estocolmo literario”, en los que pudieras pensar que el humor puede ser tan negro como una noche oscura en la puerta cerrada del infierno esperando a que te abran, esperando a que exploten todos los fuegos de los condenados, de los muertos sin perdón.


Wineruda