sábado, julio 29, 2023

CAMINO DE SIRGA de JESÚS MONCADA

 


Sé que es extraño, pero desde hace un tiempo me pasa que mientras avanzo en la lectura de un libro

siento que va muriendo a cada página que paso, que el territorio virgen, como cuando pisas la nieve en un campo que no ha pasado nadie, se ha acabado para siempre, que probablemente nunca volveré a leer ese libro -¡hay tantos por leer!- y, sobre todo, que jamás sentiré esa sensación de haber disfrutado de esas páginas -sus imágenes, sus palabras, sus ideas- por primera y única vez. Todo ese proceso de encontrar el libro, estudiarlo, desearlo, comprarlo y vaciarlo termina...Una sensación de perdida -un lujo vital menos que disfrutar- que sólo se sobrepone, como en el caso de ésta novela, por el inmenso e inesperado placer de leer sus hojas. Una delicatessen en un mundo de sopa... Y al igual que eso manjares finos y efímeros, sí, serán de poca duración y largo recuerdo. Así, llego a la idea consoladora que los libros que siento que se mueren, -sólo aquellos que se grabaron en el cerebro con taladradora-, son los que pervivirán tanto como lo haga yo. Y acaso, espero que como en aquel libro de Ray Bradbury, aunque se quemen en miles de incendios provocados o no, serán parte del imaginario mental y oral de muchas generaciones. No soy egoísta.



"El camino de sirga" es la historia de un pueblo, Mequinenza, situado en las orillas del cruce del Ebro y el Segre: de sus minas, sus laúdes -barcas-, sus bares, sus habitantes -ricos y pobres- sus luchas, sus problemas, sus envidias, sus locuras, sus muertos, sus callejones, sus casas, su polvo, sus animales, sus borracheras, sus venganzas, sus traiciones, sus engaños, sus alegrías, sus tristezas... A lo largo del siglo XX, hasta su desaparición desastrosa iniciada " aquel día de 1971". Y el viaje por el libro es una paseo por la memoria de sus habitantes, de cada uno de ellos, cronistas de épocas y situaciones en las que cada uno de ellos tuvo una intervención e interpretación diferente. Cada versión es una parte del libro, que aparece y desaparece con él, como un recuerdo atrapado de entre el viento lleno de polvo de carbón. Las historias van y vuelven del pasado a 1971, se revuelven y ensanchan, sospechan y afirman, previenen y ocultan, acercan y alejan los recuerdos, que son con los que está construido el libro, esas evocaciones tuteladas por la nostalgia, ésa que permite recordar tiempos malos como buenos, y tiempos buenos como míticos. El paso del tiempo permite, por esas razones extrañas de la mente, echar de menos sólo lo que te hizo feliz, pero llegado un tiempo, y quizá una edad, todo te hizo feliz.


La simple descripción de los acontecimientos que cuenta el libro -Trabajo en las minas y pobreza, riquezas efímeras en la primera y segunda guerra mundial, aparición de la lucha obrera, la guerra civil, la postguerra, la caída del consumo del carbón, desaparición del pueblo- son simples bastones para apoyar una lógica histórica pero que de nada sirven para, siquiera, sugerir lo que es el libro. Incluso citar que aparecen, vida tras vida, una estirpe de ricos poderosos y mineros y barqueros pobres de solemnidad, y que aparecen sus aconteceres diarios, sus amores, la vida cotidiana de un pueblo que respira el aire de cada tiempo: de la moralidad cristiana a la libertad absoluta, desde la lucha obrera hasta la represión franquista, desde los bares desenfrenados a la moralidad feudal de los ampulosos ricos locales, desde la lucha con el Ebro hasta la lucha en las guerras... Todo, incluso eso, tampoco sirve para dibujar apenas un bosquejo de lo que es la novela. Imaginaros que os meten en las mentes de cada uno de los pobladores de la villa -los ricos del Casino, los pobres del Café del Muelle, los tripulantes de los laúdes, las cabareteras, los mineros, las mujeres, de las sirvientas, el boticario, el cura, Doña Carlota la dueña de medio pueblo, de pintores, de antiguos soldados,- e imaginad un barril enorme en las que flotan sus recuerdos - desde burlas obscenas a olvidos premeditados, desde chismes de viejas a locas con mensajes apocalípticos, de amores susurrados a gritos de alcoba, desde silencios políticos a arengas sociales, desde hipócritas a pícaros consumados-hasta que se crea un vino de gusto recio y paladar intenso. Un vino servido en copas finas de cristal sucias de carbón y brea de barco, que a veces tiene u


n sabor feliz y otras veces amargo.




Pero no debo dejar la impresión que es un libro de esos de rostro serio y profundidad social y política. No, para nada, es un libro en la que la escritura de Jesús Moncada no sólo muestra humor sino que también muestra compasión y ternura con los pobladores de la villa,, solamente a los habitantes de rostro más serio y abotargado los increpa con ironía y cierta rudeza, excepto cuando describe los años negros después de la guerra civil, con sus muertes, su moralidad, su represión... entonces aparece el cruel sarcasmo, el puñetazo literario, la pluma menos sutil y más directa. Moncada se posiciona junto a la gente humilde en un espacio que se sitúa entre el cariño y la añoranza, buenas personas que quiso y no volverán. Aquellos que eran suavemente crueles y ferozmente tiernos... A la gente poderosa la retrata en un lugar tan lejano a sus ideas como cercano a su vida, con trazos ciertamente poco generosos con ellos, nada mas lejos de aquí que lo que está más cerca. Y no es que parezcan personajes grotescos, pero sí de tragicomedia.


Un mosaico de fondo negro carbón que se hunde en las aguas verdes d

el Ebro.





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