martes, noviembre 15, 2016

LA TIERRA MURMURA EN SÍ BEMOL de MARI STRACHAN

LA TIERRA MURMURA EN SÍ BEMOL de MARI STRACHAN
the earth hums mi b flat 2009
Edt. Espasa Pág: 335
Trd isabel Murillo Fort




Caminar con pasos quedos para no molestar a nadie, para que no se note que has estado allí, que has pasado por sus páginas, silencioso el respeto por las cosas contadas, por ese minúsculo pedazo de cielo incrustado entre tapas blandas, respeto para esta nube que descarga agua en un desierto inmenso,  respeto para este hermoso traje visible entretejido con agujas de coser como las que usaba mi abuela para tejer mis calcetines gordos y torcidos con los que me alzaba del resto del mundo -de los mundos-, y con las que mi abuela me hacía el truco, que yo pedía todos los días con insistencia, de parecer que se metía toda aquella aguja de calceta por el oído y sacarlo como por arte de magia, ilusionismo que yo aplaudía, y que es, todavía, tan mágico como solo lo pueden ser las experiencias de niño, como cuando inventaba mundos donde no los había, o donde inventaba crueles emboscadas con soldados de plástico en los pliegues de las sábanas, o habitaban fantasmas en las puertas cerradas, o era un hechizo la caída de la nieve que parecía, si la mirabas fijamente, que te hacía volar, ascender hacía el cielo y fundirte en aquella sopa de harina y tapioca que caía y caía y te rodeaba, hasta que tu abuela te llamaba para que probaras la bufanda que había tejido en verano y que llegaba hasta el suelo, y te picaba como mil demonios, hasta que la aguja desaparecía en el oído y... nada pasaba, solo magia. Los pulsos del corazón de aquella época de imaginación y descubrimiento, de fascinación y de credulidad, donde todo parecía posible, hasta parecía que íbamos a ser otros de los que hemos sido; ese golpe olvidado del corazón que se aceleraba al ritmo de la ilusión y de las cosas nuevas que descubría, se me ha aparecido otra vez leyendo “La tierra murmura en sí bemol”. No es un libro infantil, no es un libro que cuente historias fáciles, pero sí habla desde la mente de una niña, Gwenni, que camina por el mundo a veces con pasos silenciosos -en casa-, otras veces pasos que vuelan, pasos que aunque no se elevan algún día lo harán y la elevarán por el cielo, como lo hizo, ella lo recuerda, cuando era pequeña agarrada a las manos de sus padres, que la elevaron más allá de las nubes y voló, por cirros y cielos; ahora solo lo hace en sueños, encerrada en las cuatro paredes de su habitación, parece salir del mundo y ver todos los rincones del paisaje, de su pequeño y cerrado espacio de vida. Allá en un pueblecito de Gales, donde todo nace y acaba.

La familia de Gwenni, tiene tantos secretos como los tiene toda las familias del pueblo; además,  su padre que no para de trabajar, su madre que parece que no la soporta, su hermana que se va haciendo mayor y la ve pequeña e inútil, su abuela que la enseña a ser ella misma; y está la familia Evans a la que adora, bueno adora a las dos pequeñas a y a la culta y atractiva madre, al padre no, porque es, para ella, aborrecible; su mejor amiga, Alwenna, con la que descubre cosas y nuevas ideas; los chicos de su edad a los que desprecía por malos e insoportables; y los libros, todos los libros que puede leer, los lee, especialmente los de detectives con los que descubrir asesinos o buscar huidos. Hasta que un día desaparece aquel espantoso marido de la señora Evans, Ifan. Entonces algo cambia, el precario equilibrio de un universo sujetado con silencios o cosas contadas al oído que estabilizan sus patas, parece haber perdido su apoyo, cojea y golpea el suelo, destartalado,  con cada descubrimiento de Gweeni:  las cosas que no se dicen pero se saben, las cosas que se dicen y no se saben, las personas que hablan de ellas y de los demás como si fueran ellos, los pasados que invaden el presente, el presente que parece que ha sido siempre pasado. Ella interpreta el mundo desde su mirada infantil, y en él van apareciendo un sinfín de personajes que pueblan aquel microcosmos: locos, policías, hombres sabios, madres insoportables, abuelas calladas, niñas amables, diáconos tímidos, señora que cocinan muy mal, perdidos que no vuelven... Ella pretende investigar un mundo desde el punto de vista infantil, desde su mirada de niña, y se encuentra con un mundo adulto: sucio, cruel, insoportable, que no reconoce en su inocencia. Y, aún así, quiere salvarlo, desde su imaginación y su verdad, quiere salvarlo. Salvar la pintura de la cocina que parecen bocas que hablan que parecen decirle cosas hasta que su padre las pinta y que se ahogan debajo de la nueva pintura, o las tazas sobre la alacena de la sala de su casa que parecen curiosear la vida cotidiana de la familia; o las miradas de un zorro que ocupa el cuello de una señora y le pide ser enterrado lejos de su tristeza, y salvar a sus amigas, y a la gente que quiere, y a su padre y a...

Hay cosas que me provocan agitación, que aprecio como lector y veo que, por encima de lo relativamente desconocido de la novela, hacen que sea una lectura especial. Así, la combinación de la mirada infantil, con la temática adulta; la creación de la belleza de la mirada poética, de las imágenes imaginativas, son de un extraño atractivo casi posesivo, casi obsesivo; las ideas que crean las palabras, con la mezcla de mensajes y ternura que desprenden sus letras, son tan profundas que su unión hace fundirse y suavizar, superar, los momentos que aparece lo cruelmente extraño y las posibilidades menos agradables, los descubrimientos que hubieron debido olvidarse pero que el azar y la obligación saca como puntas de clavo de la madera podrida, esos que hacen daño y sangre cuando los pisas: la imposibilidad de relacionar amor y odio maternal para con su familia, o del pueblo para con sus habitantes, o del marido para con su mujer, o de la esposa con su marido, las implacables viejas historias que no han podido olvidarse... Todo ello, mirado desde la mirada inocente de una niña, crea una sensación extraña, de escalofrió triste, que parece despertar una ternura para con el personaje, que, a pesar de todo, no parece desvalido; está protegido por su carácter, por su lógica aplastante,  por sus sueños, por su desbordante imaginación y por una parte de la familia;  que parecen descubrir un ser mágico , cuyos  pies algún día volarán, y partirán de aquel pueblo donde todo parece uniforme, donde nada es secreto, todo es cuadrado, todo es frontera cerrada.


La gente diferente, la que vuela, la que se imagina sueños, la que vive más de una vida, la que mira las cosas de muchas formas, la que sabe que el mundo no siempre será igual, la que no cae al primer embate de la tempestad porque no se rinde, esa gente siempre será la extraña para la multitud, la que es rechazada, la que se aparta, pero termina elevándose sobre las nubes, batiendo las alas para salvar riscos y no caer en pantanos. Gwenni trepa sobre una roca, sobre lo más duro del mundo, para volar, alzarse, y volar...Porque sabe la verdad de las cosas y no le da miedo...

wineruda

martes, noviembre 01, 2016

HOJAS DE HIERBA de WALT WHITMAN






















HOJAS DE HIERBA de WALT WHITMAN
Leaves of Grass 1855
Ed, Novaro 705 Pág.
Versión Francisco Alexander

Yo, tranquilo, serenamente plantado ante la naturaleza,
Yo, tranquilo, serenamente plantado ante la naturaleza,
Amo de todo o señor de todo, sereno en medio de las cosas irracionales.
Imbuido como ellas, pasivo, receptivo, y silencioso, también como ellas,
Conocedor de que mi ocupación, mi pobreza, mi notoriedad
Y mis debilidades son menos importantes de lo que creía,
Hacia el mar mexicano, en el Manhattan o en el Tennessee, o lejos en el norte o tierra adentro,
Hombre de río u hombre de montes o de granjas de estos estados, ribereño del mar o de los lagos de Canadá,
Yo, dondequiera que viva mi vida, quiero hacer frente a las contingencias
Y encarar la noche, las tormentas, el hambre, el ridículo, los accidentes
Y los rechazos como lo hace el animal.



Bordeando los márgenes de las hojas, dejando sus huellas de pájaro huido, de calandria expulsada del paraíso de los fariseos, salpicando -juguetón- de agua limpia a todo el que se encuentre a un paso de él, con sus pies embutidos en botas hechas de raíces, me encuentro a Walt Whitman. Walt Whitman el poeta del mundo moderno (guerras, tierras, barcos, fábricas, amores, texturas, ternuras, muertes sucias, labios blancos..), el poeta del barro y el amor, de los horizontes verdes de llanuras y del sexo, el bardo de las barbas blancas y el corazón azul como el cielo. Walt Whitman el que canta a las cosas pequeñas y lo hace porque son grandes y hermosas y desbordantes, que canta a las cosas grandes porque también son pequeñas como para meterlas, aún las más grandes, por el gollete de la botella más pequeña, o incrustarla en el ojo del relojero que da cuerda al mundo.

Walt Whitman es el cantor, el de la voz que mueve las nubes hacia el horizonte, que canta a Norteamérica, a sus paisajes, gentes y tierras, y a través de ella canta a la tierra que veo desde mi ventana, al mar que me rodea y él ni sintió: canta a los hombres y mujeres que movieron el mundo antes que él y tras él, y todavía lo están moviendo recios, seguros, discretos, amables, alegres en su deber para con el mundo de Walt, presos de sus hojas, presos en sus versos, libres en sus sentimientos, libres en sus imágenes...

Y todos sus cantos, sus poemas, tienen cadencia de letanía, de oración insistida a la naturaleza, al hombre, al ser, al mundo; repiquetean sus palabras, repitiéndose para darnos música de las campanas que devuelven el saludo. Letanía que no solo da música, no solo da luz, no solo da abrigo, no solo da alegría; da valor a los versos que parecen moverse y vibrar entrechocando las palabras.

IMÁGENES (fragmento)

Conocí a un profeta
Que iba más allá de los matices y de los objetos del mundo,
Del campo del arte y de la ciencia, del placer, de los sentidos
Para espigar las imágenes.

Pon en tus cantos, dijo,
Ya no la hora o el día enigmáticos, ni segmentos, ni partes;
pon,
Pon en primer término, como luz para todos y como canto
inaugural de todos,
Las imágenes.

Siempre el comienzo impreciso,
Siempre el conocimiento, la curvatura del circulo,
Siempre la cúspide y la unión sin fin (para empezar otra vez),
¡Imágenes! ¡Imágenes!

Siempre lo mudable
Siempre la materia que cambia, que se desmorona, que vuelve a unirse
Siempre los talleres, las fábricas divinas,
Produciendo imágenes.

He aquí tú o yo,
O la mujer, hombre o estado, conocidos y desconocidos,
Parece que construimos sólidas riquezas fuerza, belleza, pero realmente
construimos imágenes.

EL portento que se desvanece,
la substancia del amor de un artista o de los prolongados estudios del sabio.
O de los trabajos del guerrero, del mártir, del héroe,
Para modelar su imagen.

De todas las vidas humanas
(Acumulados los elementos, registrados, sin omitir ni un pensamiento, ni
una emoción, ni un acto)
El todo, grande o pequeño, resumido, aumentado,
En su imagen.

El viejo, viejo impulso,
Basado en los antiguos pináculos , he aquí nuevo y más altos pináculos,
Impelidos aún por la ciencia y lo moderno,
El viejo, viejo impulso, la imagen....


El anciano barbudo que se nos presenta en las imágenes, el señor de ojos listos que me mira desde el dibujo del libro, el abuelo del mundo, el amante de los amantes, el enamorado de las mujeres y los hombres, el adorador de su cuerpo y de todos los cuerpos (todos eran bellos, todos eran hermosos porque eran humanos y divinos), de los pobres y de los marineros, el protector de los soldados, el escanciador de vinos para granjeros, mozos y padres, para canteros y feriantes; el soñador de libertades y desnudos. Él, Walt, vendedor de sueños y verdades. Él, Whitman, trovador y poeta del amor por lo humano...

Canto a las ocupaciones (fragmento)
(….)
EL sol y las estrellas que flotan en el aire libre,
la tierra de forma de manzana y nosotros sobre ella, su rumo
es sin duda grandioso,
No sé cuál sea, solo sé que es grandioso y que es la felicidad
Y que el designio que nos envuelve aquí no es una especulación
o una broma o una exploración,
Y que no es una cosa que pueda resultarnos buena por azar,
y que puede ser también un fracaso.
Ni algo que pueda ser retractado pro una contingencia.

La luz y la sombra, la sensación extraña del cuerpo y de la
identidad, la codicia que devora todas las cosas con
perfecta afabilidad.
La expansión y orgullos infinitos del hombre, alegrías y dolores inefables,
El milagro que todos ven en los demás, y los milagros
que llenan todos los minutos del tiempo eternamente.
¿En cuánto los has estimado, camarada?
¿Los has estimado en lo mismo que tu oficio o trabajo del
campo? ¿O que en las ganancias de tu almacén?
¿o para alcanzar tu posición?¿o para ocupar los ratos de
ocio de un caballero o una dama?

¿has considerado que le paisaje ha tomado substancia y forma
a fin de ser representado en un cuadro?

¿O los hombres y mujeres para que sobre ellos se escriba y se cante?
¿O la atracción de la gravedad, y las grandes leyes y combinaciones
armoniosas, y los fluidos del aire, para ser temas de los sabios?
¿O la tierra parda y el mar azul para mapas y cartas?
¿ o las estrellas para ser agrupadas en constelaciones y recibir
nombres fantásticos'
¿O que desarrollo de las semillas es para las tablas agrícolas o la agricultura?
A las instituciones viejas, a esta artes, biblioteca, leyendas, colecciones
y a la experiencia transmitida e las industrias ¿les concederemos tan alto valor?
¿concederemos tan alto valor a nuestro dinero y negocios?
No me opongo a ello,
Les concedo el valor más alto -por lo tanto, a un niño nacido, de una mujer y de un hombre, le concedo un valor incalculable.

Hemos creído que nuestra Unión y nuestra Constitución son grandes,
No digo que no sea grande y buenas, pues lo son,
La amo hoy día tanto como las amas tú,
Por eso, te amo a TI y a todos mis compañeros sorbe al tierra
Consideramos que las biblias y las religiones son divinas -no digo
que no sean divinas,
Digo que todas ellas han brotado de ti y pueden aún brotar de ti,
No son ellas quienes dan la vida, eres tú quien da la vida,
Las hojas nacen de los árboles, y los árboles de la tierra, tanto como de ti.



Leer su versos, todos sus versos sin dejar uno, es la misma experiencia que ocurre cuando escuchas algo elevado, algo que te levanta por encima, no ya de tus ojos, sino por encima de tu mente y de tus sueños, como si fuera un elemento que difumina la frontera entre lo bello y lo infinito, esa frontera que parece querer mostrarnos-se empecina- que lo bello es efímero, que dura pequeños segundos de gozo, de emoción artística, de adrenalina sabia; pero, ya lo sabeis, eso es mentira: la belleza sobrevive, no solo al paso de los años sino a la continua lectura, al trasvase de textos entre el papel y la mente, esos que te golpean entre viejas películas y nuevas endorfinas para equilibrar el dolor de la curiosidad en el cerebro.

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Terminó nuestro
espantoso viaje,
El navío ha salvado todos los escollos, hemos ganado
el premio codiciado,
Ya llegamos a puerto, ya oigo las campanas, ya el
pueblo acude gozoso,
Los ojos siguen la firme quilla del navío resuelto y audaz;
Más; ¡oh, corazón, corazón, corazón!
¡Oh, las rojas gotas sangrantes!
Ved, mi Capitán en la cubierta
Yace frío y muerto.
¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Levántate y escucha las
campanas;
Levántate, para ti flamea la bandera, para ti suena el
clarín,
Para ti los ramilletes y guirnaldas engalanadas, para
ti la multitud se agolpa en la playa,
A ti te llama la masa móvil del pueblo, a ti vuelve sus
rostros anhelantes;
¡Ea, Capitán!¡Padre Querido!
¡Que tu cabeza descanse en mi brazo!
Esto es un sueño: en la cubierta
Yace frío y muerto.

Mi Capitán no responde, sus labios están pálidos e
inmóviles,
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso, ni
voluntad,
El navío ha anclado sano y salvo; su viaje, acabado y
concluido,
Del horrible viaje el navío victorioso llega con su
trofeo;
¡Exultad, oh, playas, y sonad, oh, campanas!
Mas yo con pasos fúnebres,
Recorro la cubierta donde mi Capitán
Yace frío y muerto.

Y los cantos, los versos poderosos, llanos y agrestes, cálidos y altivos, amorosos y tiernos, se alzan sobre todo lo mediocre del mundo, pero los campos de hierba, las campanillas, los tréboles se agostan; la brújula comienza a señalar el destino, los bordes amarillos de las hojas destacan sobre el verdor de los campos, la barba ya ralea y lo blanco se convierte en gris, nada queda entre los panales de las abejas, acaso ni reserva para el invierno porque ya no habrá invierno, y se despiden de las flores, de las lluvias del cielo y la tierra, nada quedará excepto los frutos del trabajo, si este subsiste a las lágrimas de los observantes.


Mi Legado (fragmentos)

EL hombre de negocios, el vasto adquisidor
Después de años de asiduidad, examinado los resultados
aprestándose para la partida,
Deja a su hijos sus casas y tierras, lega sus valores, bienes
capitales para una escuela o un hospital.
Distribuye dinero entre alguno de sus compañeros para que
se compren, como prendas, como recuerdos, piedras preciosas y oro.

Pero yo, al examinar mi vida que se extingue.
No tengo anda que legar de mis años ociosos,
Ni casas ni tierras, ni recuerdos de piedras preciosas y oro para mis amigos.
Sin embargo, ciertas memorias de la guerra para ti y para los que te sigan
y ciertos pequeños recuerdos de campamentos y de los soldados con mi amor.
Recojo y os lo dejo en este ramillete de canciones-

(…)

El acercarse su fin,
De lo que es la razón fundamental de los poemas precedentes-de sus designios
De la simiente que he intentado depositar en ellos,
De la alegría , de la dulce alegría quien en ellos he tenido a través de los años.
(Por ellos, por ellos he vivido, en ellos he cumplido mi obra)
De muchas aspiraciones queridas, de muchos sueños y propósitos,
A través del Espacio y del Tiempo confundidos en un canto,
y la fluida identidad eterna.
A la naturaleza que los encierra, que encierra a Dios- al todo gozoso, eléctrico.
Al sentimiento de la Muerte y , aceptando con exultación la Muerte,
idéntica a su vez a la vida,
Cantar la aparición del hombre;
Unas vidas separadas y diversas,
Armonizar las montañas , roca y ríos
Y los vientos del Norte, y los bosques de encinas y de pinos,
Contigo, Oh , alma.

Así que con él se fueron armas, soldados, tristes muertos y bellos vivos; se fueron montañas y fraguas; se fueron fábricas y barracas,;se fueron luchas y desvergüenzas; se fueron impudicias y sexo; se fueron tiernas llamadas y gritos de dolor; se fueron cargas y barcos,;se fueron esclavos huidos y guerra civiles; con él se fueron pájaros, tiendas, fríos, condenas, llanuras fértiles, sabios irredentos, se fueron vacas y terneros, se fueron amores prohibidos y leyendas, se fueron los ríos que conducían al mar y mares que te llevaban lejo,s al fin del mundo, al fin del universo. Pero se quedó un libro, grande como un surtidor de mariposas. pequeño como una hoja de hierba. Se fue algo bello y se quedó la belleza


Yo creo que una hoja de hierba no es menos que el trabajo
realizado por las estrellas,
Y que la hormiga es igualmente perfecta, y que un grano de arena
y el huevo de un reyezuelo,

y que la rana arbórea es una obra maestra digna de los escogidos
y que al zarzamora podría adornar los salones del cielo,
Y que la articulación más insignificante de mi mano avergüenza
a todas las máquinas
Y que la vaca que pace con la cabeza baja supera a todas las estatuas
Y que un ratoncillo es milagro suficiente para hacer vacilar
a sextillones de incrédulos,
(...)

Entre todos los universos que dicen que existen, en los que quizá sea hormiga en uno, alarma en otros, soldado cobarde en otro, valiente en otro, rico y opulento en pocos, ojo de aguja en alguno, aguja en un pajar en muchos, vertebrado en los demás, me quedo con aquel universo en el que Whitman sea inmortal.
(…)
Ahora y en todo tiempo, esperad las palabras de los verdaderos poemas,
Las palabras de los verdaderos poemas no son simplemente agradables,
Los verdaderos poetas no son secuaces de la belleza, sino
que son maestros augustos de la belleza.
La grandeza de los hijos es la exudación de la grandeza de los madres y los padres,
Las palabras de los verdaderos poemas son el penacho y el aplauso
definitivo de la ciencia.
(...)


Wineruda

miércoles, octubre 26, 2016

POESÍAS COMPLETAS DE ANTONIO MACHADO






















POESÍAS COMPLETAS DE ANTONIO MACHADO
Espasa Calpe 424 pag


No resulta extraño que 35 años después de comprarlo, rotas las guardas, sueltas algunas hojas, manchadas otras de café, tinta o amarillas de tabaco, aún sea esta vieja versión de Espasa la que guarde con cariño, con esa mezcla de amor, pena y melancolía que me provoca Machado, que me provocan sus lecturas. Y no es extraño porque es donde conocí la poesía y con ella a Don Antonio, casi un profesor de esos que había que tratar, como antes a los profesores, de “don”, Y no es extraño porque con él, con el poeta y el libro, aprendí a querer a la poesía, y olvidarme de aquellas enseñanzas como ordenes con las que te apremiaban los profesores y las notas, y descubrí que la poesía es bella, sin ataduras, sis grilletes que corten tu pasión por leer, por adentrarte en el mundo egoísta, por propio, y altruista, también por propio y por ajeno, de los poetas y la poesía.


Yo escucho los cantos
de viejas cadencias
que los niños cantan
cuando en corro juegan,
y vierten en coro
sus almas, que suenan,
cual vierten sus aguas
las fuentes de piedra:
con monotonías
de risas eternas
que no son alegres,
con lágrimas viejas
que no son amargas
y dicen tristezas,
tristezas de amores
de antiguas leyendas.
En los labios niños,
las canciones llevan
confusa la historia
y clara la pena;
como clara el agua
lleva su conseja
de viejos amores
que nunca se cuentan.
Jugando, a la sombra
de una plaza vieja,
los niños cantaban...
La fuente de piedra
vertía su eterno
cristal de leyenda.
Cantaban los niños
canciones ingenuas,
de un algo que pasa
y que nunca llega:
la historia confusa
y clara la pena.
Seguía su cuento
la fuente serena;
borrada la historia,
contaba la pena.



Los poemas de Don Antonio, eran algo serio y juguetón;-aún me recuerdan a una casa a la que vuelvo porque es mía, es propia; todavía siento el olor de los libros, de este libro ya casi roto, pero siento su antiguo olor a nuevo, igual que los poemas que me vuelven, que quieren volver a mi lado cada cierto tiempo esperando el turno de vuelta y de viaje- . También estos poemas, serios y jueguetones, tenían entonces, para mí, esa rara virtud de la hermosa contradicción; porque también sabían llevarme por lugares tan aparentemente cercanos como lejanos en su situación: Sevilla, Soria, Castilla entera, el mundo... Aun hoy, yo que vivo y amo los paisajes verdes del País Vasco, disfruto, y adoro, con los paisajes de Castilla, que pudiera parece que se alejan de mis gustos, hasta que recuerdo los poemas de Machado, y me siento tan en casa como paseando entre las hojas de este libro o entre los tréboles que se arremolinan en las campas que me llevaban a Urko, el monte que se alza, que se ha alzado siempre y se alzará después de mí, frente a mi casa; como los poemas que aquí recuerdo se alzan entre las riberas del Duero, entre sus acantilados, entres sus tierras, entre las llanuras de Soria, y se alzarán siempre...



“A orillas del Duero”

Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante
y hacia la mano diestra vencido y apoyado
en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
trepaba por los cerros que habitan las rapaces
aves de altura, hollando las hierbas montaraces
de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—.
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.
Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo
cruzaba solitario el puro azul del cielo.
Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,
y una redonda loma cual recamado escudo,
y cárdenos alcores sobre la parda tierra
—harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra—,
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
para formar la corva ballesta de un arquero
en torno a Soria. —Soria es una barbacana,
hacia Aragón, que tiene la torre castellana—.
Veía el horizonte cerrado por colinas
obscuras, coronadas de robles y de encinas;
desnudos peñascales, algún humilde prado
donde el merino pace y el toro, arrodillado
sobre la hierba, rumia; las márgenes del río
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
¡tan diminutos! —carros, jinetes y arrieros—
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas
del Duero.
El Duero cruza el corazón de roble
de Iberia y de Castilla.
¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aun van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada
recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.
La madre en otro tiempo fecunda en capitanes
madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.
Castilla no es aquella tan generosa un día,
cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía,
ufano de su nueva fortuna y su opulencia,
a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;
o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,
pedía la conquista de los inmensos ríos
indianos a la corte, la madre de soldados,
guerreros y adalides que han de tornar, cargados
de plata y oro, a España, en regios galeones,
para la presa cuervos, para la lid leones.
Filósofos nutridos de sopa de convento
contemplan impasibles el amplio firmamento;
y si les llega en sueños, como un rumor distante,
clamor de mercaderes de muelles de Levante,
no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa?
Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.
El sol va declinando. De la ciudad lejana
me llega un armonioso tañido de campana
—ya irán a su rosario las enlutadas viejas—.
De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;
me miran y se alejan, huyendo, y aparecen
de nuevo ¡tan curiosas!… Los campos se obscurecen.
Hacia el camino blanco está el mesón abierto
al campo ensombrecido y al pedregal desierto.









Y entre todos los poetas, guardado por aquellas épocas  por cantadas versiones conocidas de sus poemas, él me apareció el más vencido, el más perdido, el más triste de los poetas de España; de aquellos que perdieron la guerra; lejos de todos y de todo, él era el símbolo de los poetas muertos lejos de los suyos, de los perdidos por la gracia de un dios que no era el suyo, por unos traidores que no eran los suyos, por unos caminos que él no conocía y que no quiso pisar y que no volverá a pisar nunca, ni de vuelta, preso de sus penas y de sus ausencias, lleno de tierra de Colliure. Tendido en tierra no tan extraña si te ha visto morir, tan cercana a ti como todos los que luego lloraron con lágrimas de falsa agonía tus penas, capadas, incompletas, traidoras como el alma de los miedosos.






“A una España joven”

… Fue un tiempo de mentira, de infamia. A España toda,
la malherida España, de Carnaval vestida
nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda,
para que no acertara la mano con la herida.
Fue ayer; éramos casi adolescentes; era
con tiempo malo, encinta de lúgubres presagios,
cuando montar quisimos en pelo una quimera,
mientras la mar dormía ahíta de naufragios.
Dejamos en el puerto la sórdida galera,
y en una nave de oro nos plugo navegar
hacia los altos mares, sin aguardar ribera,
lanzando velas y anclas y gobernalle al mar.
Ya entonces, por el fondo de nuestro sueño—herencia
de un siglo que vencido sin gloria se alejaba—
un alba entrar quería; con nuestra turbulencia
la luz de las divinas ideas batallaba.
Mas cada cual el rumbo siguió de su locura;
agilitó su brazo, acreditó su brío;
dejó como un espejo bruñida su armadura
y dijo: «El hoy es malo, pero el mañana… es mío.»
Y es hoy aquel mañana de ayer… Y España toda,
con sucios oropeles de Carnaval vestida
aún la tenemos: pobre y escuálida y beoda;
mas hoy de un vino malo: la sangre de su herida.
Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre
la voluntad te llega, irás a tu aventura
despierta y transparente a la divina lumbre:
como el diamante clara, como el diamante pura.


Y me reconcome el alma ver a Don Antonio más símbolo que poeta, más foto que letra, más estribillo que verso, más lejos que un paso; porque entre sus versos y sus canciones, y sus juegos y sus seriedades brota un cuaderno de apenas 400 páginas donde se guarda toda la poesía del mundo, toda la que pueda entrar debajo de lo ojos y encima de la nube que crea el aire que exhalas cuando contemplas los fríos de Castilla, o el verdor de un patio de Sevilla, o la sequedad del olmo, o el lejano  -y esquivo- Abel Martín, el testigo Juan de Mairena, y España... esa que conocía hasta los huesos.



Proverbios y Cantares
               L
  —Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿sueño? ¿Hastío?
Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?
—El vacío es más bien en la cabeza.



Soledades

I

O que yo pueda asesinar un día
en mi alma, al despertar, esa persona
que me hizo el mundo mientras yo dormía.

II

O que el amor me lleve
donde llorar yo pueda ...
Y lejos de mi orgullo
y a solas con mi pena

III

Y si me da el amor fuego y aroma
para quemar el alma,
¿no apagará la hoguera el agrio zumo
que el vaso turbio de mi sueño guarda?

IV

Vuela, vuela a la tarde
y exprime el agrio jugo
del corazón, poeta,
y arroja al aire en sombra el vaso turbio ..

V

Tu alma será una hoguera
en el azul invierno atardecido
para aguardar la amada primavera.





No me resulta extraño que sea, entre todos los poetas,- hay muchos y grandes como olmos, floridos como un limonero brotando- al que más respeto, el que creo que pertenece a mi familia, ese personaje testigo y presente, esa sensación y locura y artimaña de la mente que se acerca, cuando quieres,  a contarte historias; esa persona a la que volver cuando te has ido durante muchos años; esa persona que no se olvida a pesar de la distancia y los años; ese amigo al que, perdida la distancia de la mirada y el habla durante años, cuando la recuperas es como si nunca hubieras traspasado ninguna frontera, ningún olvido nos gana, nada lo hará, nunca lo hizo, a pesar de todo.


PROVERBIOS Y CANTARES



- XLI
  Bueno es saber que los vasos
nos sirven para beber;
lo malo es que no sabemos
para qué sirve la sed.



- XXXVIII
    ¿Dices que nada se crea?
Alfarero, a tus cacharros.
Haz tu copa y no te importe
si no puedes hacer barro.






XXXIX
  Dicen que el ave divina,
trocada en pobre gallina,
por obra de las tijeras
de aquel sabio profesor
(fue Kant un esquilador
de las aves altaneras;
toda su filosofía,
un sport de cetrería),
dicen que quiere saltar
las tapias del corralón,
y volar
otra vez, hacia Platón.
¡Hurra! ¡Sea!
¡Feliz será quien lo vea!



XLIII
    Dices que nada se pierde
y acaso dices verdad,
pero todo lo perdemos
y todo nos perderá.
XLVI
    Anoche soñé que oía
a Dios, gritándome: ¡Alerta!
Luego era Dios quien dormía,
y yo gritaba: ¡Despierta!



Y, de verdad, me espanta no tanto que el mundo se acabe, que lo hará tarde o temprano para mí, sino que estrofas, versos, canciones, libros y poetas sean masa para hacer el pan de los textos escolares, con los que alimentar al maestro que aprobará al niño panadero que olvidará que Machado era el poeta de los versos de mirada inteligente y palabra fácil y de torpe indumentaria, y que escribía sobre las cosas del mundo y de España no para que apruebe un profesor, sino para indultar amores, para verter caminos, para asfaltar mares, para soñar versos, para inventar futuros, para reprobar pasados,  para recordar lo absoluto y olvidar lo obvio. Machado escribió versos porque siempre supo que es la manera más hermosas de enseñar el mundo, de mostrar sus esquinas y sus humedades, pero también sus alegrías y sus paisajes vestidos de fiesta.

RETRATO


Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


Sentir y oler a tierra y exilio, a versos exiliados, a tierra exiliada, a cartas exiliadas, a agua del Duero o del Guadalquivir exiliada, a mares exiliados, a canciones exiliadas, a mentes exiliadas, a ideas exiliadas, a proverbios exiliados, a Soledades exiliadas, a Campos exiliados, a traicionados exiliados, a recuerdos exiliados, a Juan de Mairena exiliado, al amor exiliado, a la ternura exiliada, a Leonor exiliada, a las nubes exiliadas, a los trigales exiliados,  a los soñadores exiliados, a las plazas exiliadas...No solo se exilió Don Antonio, no murió solo en Francia, detrás de las montañas, con él estaba un mundo, un universo apretado a su sombrero y su raído abrigo. No, no murió solo, aún Collioure está lleno, hoy también, de abigarradas vidas y cosas y aguas  y montañas y sueños, y versos, y estrofas enteras que lo acompañaron incluso bajo las piedras y la tierra que ahora cubre su cuerpo.-ni un poeta muere, si no dejan morir sus versos-


wineruda

jueves, octubre 20, 2016

FORMAS DE DEVOCIÓN: Historias y Grabados, de DIANE SCHOEMPERLEN



















FORMAS DE DEVOCIÓN: Historias y Grabados, de DIANE SCHOEMPERLEN
forms of devotion 1998
Ed: Seix Barral 223Pág.
Trad. Ana María de la Fuente





Tengo muchos libros por leer: 500, 600, no sé, 700. Todos, creo, buscados y rebuscados, no están comprados al azar. Puede que me haya equivocado en alguno o en muchos, puede que algunos sean extraños libros de extrañas -y buenas- recomendaciones, parcas menciones en largas listas, sensaciones bruscas en un libro, o página, apartado, pero todos y cada uno de ellos, no falla uno, son deseados, e incluso , necesitados; esperados con ganas cuando tardaban en llegar. Este libro de Diane Schoemperlem. la escritora canadiense; lo recibí hace exactamente tres días, hoy lo reseño. No, no lo reseño: lo expongo, lo saco a pasear, lo muestro a la mayoría de los lectores, porque supongo que, como publicado, habrá sido leído, pero, intuyo, por poca gente. Yo al menos no lo conocía, hasta que lo vi en una pequeñita cita en una pequeña lista. Y por eso es que da igual que tenga 1000 libros por leer, que siempre se busca ese nuevo tipo de letra, el diferente texto, la novedad de hace dos décadas que ni siquiera paso desapercibida; es que no pasó, no estuvo delante de ningún escaparate, no lució, probablemente, delante de ningún foco que por el 98 sería de alto consumo. No se hablaría de él en las tertulias de la radio ni se mancharía de café en algún bar mientras era leído, con avidez, por alguna mujer sin prisa, o por algún hombre sin silencios. No hay manchas en mi libro, no hay huellas dactilares, no se han reído con él, pero tampoco han llorado, no lo han tirado con rabia ni lo han acariciado. Pero...

Cuando miraba por estos lugares de Internet, únicos posibles para encontrar referencias de este libro, armado con traductores de idiomas, -porque, evidentemente en español no había nada que leer- vi que aparecía en una conocida librería en el aparatado: Autoayuda. No se encendieron las alarmas, es que se oscureció el cielo, cayó algún pájaro muerto a mis pies -mal augurio- y el triángulo de las Bermudas se desplazó miles de kilómetros al este. Pero..


Y si un hambriento cruza enfrente tuyo, espero que le des de comer, dale,aunque sea, dinero para un bocadillo; si un sediento, de agua, cruza por tu costado, espero que le acerques un vaso, si es anciano ayúdalo, también, a sentarse en una silla; si un pájaro cruza cerca de tu mirada, espero que le observes hasta que se pierda en el horizonte, lejos; si un viento acaricia tu cara, si huele a hierba cortada o a lluvia de verano, espero que esperes a cerrar la puerta hasta que se calme; si alguien te pide un libro para leer, espero que le des uno que hable del mundo, que hable sobre como verlo, de como analizarlo, en cómo desnudarlo para que sepas cómo es, que sepa usar el bisturí entre sus paralelos y meridianos, sepa desecar su mares para ver y limpiar el fondo. A mí, si me piden ese libro, le recomendaría este.


Y os preguntareis la razón por la que esa librería pone este libro entre los de autoayuda. Pues es sencillo, por que el empleado se lió, miró las primera páginas, las sopesó, y no entendió la férrea y cruda ironía que vierte Diane Schoemperlen en sus escritos; del casi cinismo a la autoayuda hay un camino tan tan tan largo que el empleado hizo muy mal trabajo, no prestó interes a lo desconocido, lo de siempre... Por cierto, lo siento, aun no lo hecho, no he dicho de qué van estas páginas, de qué va el libro. Tremenda reseña esta. Pues el libro va de visiones, de formas de mirar la vida. La vida se mira según los gustos del observador, por lo tanto tendrá odios y tendrá admiraciones, tendrá: devociones. Y esas devociones son, para Diane a secas, mi íntima, ya, amiga Diane; digo que esas devociones son las palabras, las ideas, las imágenes, los textos inteligentes, es decir; la literatura. Son once relatos, son como pedazos de nube pegados al papel con celofán, ¿por qué nubes? por originales, por ser algo tan etéreo que empieza y acaba en el libro (llueven y escampan ideas), por diferente, por no encontrar nada parecido en ningún otro libro que haya leído; no he encontrado esas versiones, esos trucos de prestidigitador de los temas, esa voz de ella que se adivina detrás de todas las historias, de todos los vocablos; con su acierto punzante -de bisturí-, con un mirada cortante -de estilete-, parece que sus ideas están cortadas, ya, con cuchillo de mesa, y pinchados con el tenedor, con la que la escritora nos lleva a la boca, sin necesidad de hacernos el “avióncito” como a lo niños, unos bocados de literatura -la iba a poner en mayúsculas pero sonaba, o, mejor, se veía muy manido-. Pedazos de texto que acumulan palabras de mujer, miradas de mujer, visiones desde lo alto del mundo, desde el cenit de la vida, o desde lo profundo de un pozo; en las que se distinguen pasiones, amores, recuerdos, sensaciones, ideas, partes del todo que se desgajaron de un pangea femenino que mira el mundo desde la libertad, la ironía, la franqueza, el desacuerdo con las cosas que nos ven llegar, desde la caída desencantada de que el mundo no es lo que pensaste que iba a ser; ni el amor, ni todo este maldito universo de pacotilla, ni la religión, ni los hombres, ni, siquiera, las mujeres. Ya sabes, además, todos los sabemos, o deberíamos hacerlo, que casi siempre se pierde el futuro en los atajos y los caminos sin salida en los que nos empujan los años mientras crecemos. Pero...


Pero no crean que es algo tan sesudo o analítico, o triste o desencantado, bueno desencantado sí, pero tampoco es deprimente, no se preocupen; al contrario: es irónico, tramposo, sincero, demostrativo, limpio, cerradamente cruel a veces, abiertamente burlón, otras; incluso cínico alguna que otra vez. Todas sus historias tienen partículas de todo eso, y de más cosas que no debo decir; todas son, bella y certeramente, apuntadas a la diana:  en ellas aparecen y nos hablan -casi siempre mujeres mostrando sus mundos y sus pensamientos- desde  gentes creyentes que mueven los hilos del mundo hasta la extenuación -propia y ajena-; o las formas con las que se pueden decorar las habitaciones -y nombrarlas y vivirlas y dejarlas-; o las de un hombre que no puede vencer al mundo,- ni con su pareja; o la solitaria mujer excéntrica que hace su paseo por la ciudad mientras roban en su casa y en su mente y en sus recuerdos; o la de las mujeres que lo dejan todo, sus saberes y sus poderes, por la familia y el hombre; o habla de cómo escribir una novela de amor .¿o cómo no hacerlo? No sé, adivinadlo-; o como mirar con perspectiva el mundo, tu mundo, tus dibujos, tus lugares o tus acciones ¿o cómo no hacerlo?; o como los problemas de trenes de nuestra infancia, nos llevan de un punto A hacia uno B, y nos llevan consigo, y los lugares tienen vida, ¿sabemos todo de todo?¿queremos saberlo?; o mira al hombre centímetro a centímetro para saber de sus ventajas e inconvenientes, de sus fuertes y sus debilidades, de sus nadas y sus todos; o los cuentos de hadas, que no son lo que eran, en estos tiempos; y acaba con un diccionario para conocer, no el mundo, sino los mundos... Cosa diferente.

Todas esas habilidades del libro, así sin perspectiva, así en blanco y negro, así en descarnado y tierno a la vez; no parecen ser motivos extraordinarios de lectura. Es posible, quizá, como siempre, que no tenga día inteligente y, como diría algún cantante cubano, no sé ir más allá; pero, sí diré que, la construcción del libro, las bases y las paredes, las ideas y los dibujos -que frecuentan por todo el libro adornándolo y dándole belleza-, todas las frases, el estilo, la manera de ver al literatura, son fruto de una lección de amor por ella  -como besarla, abrazarla, acariciarla, pero también pincharla, abrasarla a palabras como bucles o bucles como palabras, o a verdades como templos aún  no derribados-. Todas las visiones, los temas, lo mirado, lo analizado,  son certeras vivisecciones de las cosas de la vida, del amor, de las relaciones, de la vida solitaria, del matrimonio, de la amistad, de la tontería de vivir, de la inteligencia de sobrevivir; son operaciones a corazón abierto de una mujer, protagonista intima en casi todos los casos, en las que descubre su cerebro , capa a capa, sus neuronas lascivas y recatadas, amables y duras, tiernas y correosas, se ve el mundo desde lo profundo de la montaña desde donde no se olvida nada.



Wineruda

martes, octubre 11, 2016

PEDRO PÁRAMO de JUAN RULFO




















PEDRO PÁRAMO de JUAN RULFO
Edt. Anagrama 122 Pág.



Miro alrededor,  mi casa, las calles que me rodean, el parque junto a la iglesia que hay enfrente de mi ventana, el balcón de mi derecha; no hay nada importante, nada impresionante: piedras, hierbas, tiendas casi cerradas a esta hora de la noche, parejas que se retiran agarradas de la mano, un hombre fumando en el balcón, la luz mortecina de las farolas; domina la oscuridad y ese silencio que cae en las ciudades cuando comienza la noche. Sin embargo, no es esa la mirada que hoy busco, miro más atrás, miro todo lo que he visto, todo lo que se me ha quedado en mi mente, en mis recuerdos. Me impresionan las sensaciones inmediatas que se me reproducen en el cerebro cuando veo esos lugares, y recuerdo mi pasado y todos los pasados que por aquí pasaron, y de alguna forma aun pasan, claros como si fueran ahora mismo, tan verdaderos como en el segundo posterior a que ocurrieran. Aquellos chicos que, muchos años atrás, jugaban al fútbol en el parque de la iglesia, mientras yo miraba por la ventana, aún están jugando, todas las mañanas que miro por la ventana hacia la silenciosa iglesia están allí gritando con voces juveniles reclamando el balón; en la tienda de enfrente, en la que hubo antiguamente una panadería, aún huelo sus pastelitos de leche y su pan de kilo, todavía humean y me provocan; por la calles veo todos aquellos amigos y novias que me esperaban en el portal, al cartonero estirando su carro de madera, a los niños de primera comunión con sus incómodos zapatos de charol, a los curas con la sotana larga y sucia, a los vendedores de miel con sus cubos que parecían de madera. Todos esos fantasmas existen tan claramente en mi mente que interaccionan conmigo, me miran al pasar, los huelo y los respeto. “Pedro Páramo” es la historia de todos aquellas personas, vivas y muertas, que vivieron en Comala, aquellas que se quedaron entre sus casas y sus calles, en el punto medio entre la muerte y el infierno; “Pedro Páramo” es una historia de ánimas y de desánimos; es un descenso al purgatorio y al infierno de ayer; es la historia de gente que no tenía dónde huir y allí se quedó, presas del agobiante presente, del imposible futuro y del pasado del que arrepentirse. Es la historia de un pueblo, de sus habitantes y un hombre poderoso, cruel y práctico, que dominó la vida y la muerte. Es una historia de vacíos que se no se rellenan, de paredes que no se echan. Es la historia de todos aquellos cuerpos, todos las voces, todas las carreras, todo el sexo, todo los rezos, todos los lloros, todas las risas, todos los escupitajos, toda la sangre derramada, todas las traiciones, todos las mentiras; que se quedaron suspendidos en el tiempo y en el espacio a la espera de que alguien los recuperara, los trajera al presente, a la misma realidad calmada y demostrable que existe donde solo el pasado es importante.

Juan Preciado aparece en Comala en busca de su supuesto padre, Pedro Páramo, y como un peregrino de culpas ajenas, se refugia entre casas y personas que se mueven en el límite de la existencia y de la nada; personas visibles por insistentes, muertas entre vivos, sentenciadas desde nacer, cautivas de sus oscuras pasiones, de sus traiciones, de sus pecados consumidos en la creencia despegada en un dios que no acepta regalías ajenas, -donde el cura es el vendedor de culpas y el comprador de venganzas-. Juan Preciado buscará a Pedro Páramo, en un lugar confundido, entre los vivos; en el mismo lugar donde este, soberbio y cruel, mató a sus enemigos, se vengó de sus amigos, y se aprovechó de todas la mujeres, prisioneras de las iras de los ingenios de las celestinas y de la vergüenza de sus hombres.

Y desde el recuerdo de un pasado verde, florido, alegre, natural, llega el presente de lluvias, vientos que secan el estómago y la voz y que asesinan la virtud. Desde ese campo desnudo, solo aparecen trozos de conversación, murmullos de gentes enterradas, bostezos de personas que no saben morir, escupitajos de señores y fantasmas que se quedaron prendidos al cuero de los caballos, al alfiler de las faldas, al candil que iluminaba su sepelio de muerto olvidado al nacer. Y aun en ese oscuro cielo, entre gotas de lluvia que tañen en las tierras que tapan los féretros compartidos, sitio desde donde se eleva un suave cuchicheo que se convierte en un bisbiseo y luego en un susurro que llena el aire y las vaguadas, y cuenta sobre culpables, muertos, cuitas de enamorados de sentencias despechadas, o venganzas despavoridas; entre aquellas lluvias descubres que al final todo, o casi todo, se movió por amores despechados o filiales; así, desde ellos, Pedro Páramo, como dueño y señor de Comala, digno y cruel entre sus siervos de vida y de muerte, de él dependen; se mueve haciendo y deshaciendo vientos y charcas, destrozando vidas por amor vengativo a su padre muerto, matando padres por amor obsesivo a Susana la minera, matando por amor derrotado a los caballos que penan sus culpas de hijos muertos; Pedro Páramo vencido por los amores y los odios, el más muerto de todos los muertos, el más vivo de todos los que sangran, todavía, en Comala.

No hay nadie en las calles, los vivos huyen de los muertos, ellos de sí mismos: siempre hay un comienzo de viaje, un fin certero, una odisea de  paseantes, sigilosa o ruidosa, con aliento o sin vaho en el espejo, que comienza y acaba entre el terror a la muerte, y a la misma muerte inconfesa, a los miedos terrenales y la imposible vida futura; presos de inmemoriales viajes entre islas secas con sirenas que ya no pueden engañar a nadie con su canto, de cíclopes de pistola y libro sagrado, de poseidones de caballo regio y cuchillo fácil; ya nadie espera cosiendo y descosiendo ropajes, todos han huido de Comala, no hay nada allí, solo los que no tiene para qué ni dónde huir, y los muertos que se quedaron porque no son una  parte del pueblo, son el pueblo, son sus huesos y sus tejados, son su sangre y su agua.

Rulfo no atrapa el tiempo, lo desperdiga, lo lleva y lo trae; como ese viento que molesta entre las hojas; las personas van y vienen, el tiempo en el que viven no es exacto: puede que ocurriera o que esté ocurriendo. El pasado, más humano, parece descargarse como un camión que vuelca su carga, y las piedras y la tierra se mezclan, como se mezclan los días y las noches, las idas y las venidas de Comala. Apenas se ve que el pasado existe, que el presente es un suspiro y el futuro solo es el presente.

Y el viento resopla por mi ventana, caen las gotas que golpean el rosal que cuelga al vacío, el olor a incienso ha salido desde la iglesia y puede que mis fantasmas no se muevan entre venganzas y casas derruidas, entre temores y olvidos, entre miedo a Dios y el terror para con Pedro Páramo, el del Rancho de la Media Luna; no, no son de esos, pero se presentan tan vividos, tan corpóreos, como los de Rulfo; con los mismos susurros de los que habla que salen de las esquinas de las calles, me parece oírlos cuando por la noche, insomne, escucho las viejas campanas de la Iglesia repicar y una mujer pasa golpeando el asfalto, con cadencia de tacones y prisa; es tarde y surgen por todos los lados, pasados que golpean y me hablan, me dicen que no los olvide, que son parte de mí, y de todos las personas que rondaron aquellos días y noches; son yo, y son Comala, son Juan Preciado, son Pedro Páramo, son Susana, son Dorotea, son Fulgor, son personas y personajes, que no por literarios, que no por perdidos en el tiempo y el espacio, dejan de hablarte, de contarte, en un murmullo, que volverán, siempre.


Wineruda



martes, octubre 04, 2016

NOSTALGIA de MIRCEA CARTARESCU



















NOSTALGIA de MIRCEA CARTARESCU
nostalgia 1993
Ed Impedimenta 375 Pág.
Trad. Marian Ochoa de Eribe



Creo que he leído desde siempre. Aún recuerdo de muy pequeño cuando, obviamente, no sabía leer, mirar con curiosidad un libro rojo de pastas rotas y dibujos extraños que luego supe que se titulaba “Cabeza de chorlito” de Twain, o los dibujos de los viejos libros ilustrados de “Tom Sawyer” o alguno de caballeros de Walter Scott o Dumas o Dickens. Cuando aprendí a leer devoraba cómics (Carpanta, Zipi y Zape, El capitán trueno, Anacleto agente secreto...) y leía esos libros capados con dibujos anexos; y poco después yo mismo arrojaba los libros de Enid Blyton-los cinco, misterio- encima de los armarios para no acabarlos en un día -con la ayuda de mis hermanos los recuperaba enseguida-. Luego vinieron los demás... En todos ellos siempre he buscado cosas diferentes: cuando era niño busqué la compañía de los personajes de los libros, el viaje por la lectura; más tarde busqué aprobar exámenes, y luego le siguió un desenfrenado intento de buscar mi gusto personal, de manera que leía todo lo que me caía en mis manos. Entonces aprendí a arrinconar cosas y acunar a otras. Llegado ese momento fue fácil, solo debía -y todavía lo hago- seguir las reglas que me  auto-impuse: leer por placer, buscar a veces la belleza en lo que leo, y otras buscar la mirada de los escritores en cosas que me importan; pero aun en estos no desprecio -la persigo- la escritura hermosa, las palabras acertadas; indago sobre dónde encontrar los brutales destellos de la imaginación o la huida de formulas trilladas o la sencillez amable de las frase. Siempre pretendo distinguir, entre un mar de papeles, las miradas tristes que destilan y desbordan poesía, prados enteros de poesía, desiertos completos observados por la poesía. Leer “Nostalgia” es un placer, comparable a los cuentos de Enid Blyton que leía a dentelladas de niño, equiparable a cuando descubrí los cantos hermosos de Whitman  o los pueblos desorbitantes de Márquez, asemejable a las tardes de largas conversaciones con tus amigos, aquellas en las que arreglabas el mundo con diez ideas y contabas tus sensaciones como si fueran nuevas para el universo entero. “Nostalgia” es para quien quiera recuperar el deleite por las historias bien contadas, por la búsqueda por los recovecos de las palabras y de las esquinas dobladas de los libros, allá donde se oculta una parte importante de lo que nos quería contar el escritor.

“Nostalgia” es un libro que, debiera decir, está compuesto por cuatro cuentos; por cuatro narraciones que hablan de personas diferentes, hablan de literatura, hablan de sueños y viajes, juguetean con los sentidos de las palabras, con la realidad -con lo que creemos que es la realidad-; nos cuenta historias sobre gente sin suerte, sobre apostadores; nos vigila el mundo desde los ojos de un adolescente enamorado y la desconcertante jovencita de la que cree estarlo. Piensan, las hojas del libro, desde el cerebro de una niña que se va convirtiendo en mujer, o una mujer en niña,  en medio de libros, amigas, fantasmas, sueños, viajes, recreos, fantasía deshabitada de fronteras. Nos habla de extraños conciertos desde un coche aferrado al suelo. Pero esta descripción, somera e inútil, no puede describir qué es el libro. No es eso, todo es una excusa para descubrir un lado de la literatura que se derrite y se muestra tal y cómo es solo cuando el sol cruza por algún ojo de aguja donde antes pasó un camello, o cuando la luna se posa sobre la espalda de un lector insomne que lee poesía a un niño que sonríe. Es ese lado que despierta, esas raras veces, para descubrimos que leer no es apoyar el brazo en el sillón y sostener la mirada sobre una hoja que va pasando, monótona, no. Leer es inmiscuirse en plena batalla de palabras, en la dura competencia de los verbos por brotar de sus suelos abonados, es adentrarte y escuchar el paso del sonido de los versos cuando cruzan tu habitación salidos de la voz de algún fantasma que aún relee a Lorca, Neruda, Plath, O'Hara, Cernuda o Ferlinghetti.

No creo que a estas alturas decir que me gusta el libro sea útil, pero quizá han pesado más mis sensaciones que una mirada fría y descriptiva sobre él. Intentare hacerlo en el último momento para cerrar puertas: Cartarescu tiene un estilo absorbente y acaparador, acompaña todos sus textos de una maraña de palabras que adornan los textos y las ideas con algo que debería decir que es un estilo barroco, pero sería demasiado obvio, demasiado fácil; creo más que el término barroco, muchas veces, es la descripción confortable de algo que está escrito o descrito con demasiadas cosas, incluso superfluas; y no es este el caso. Creo que usa adjetivos, sustantivos y verbos de forma que muestren todos los lados de las imágenes que crea, de las impresiones que quiere dejar; de tal manera que las realidades son vistas y descritas por un universo de formas y palabras, donde siempre roza el contenido cercano a la poesía. Las personas de las que habla -me niego a llamarlos personajes- son seres excéntricos o, como poco, diferentes, son individuos que se adaptaron a unos mundos extraños como si fueran partes idénticas a la realidad de todos los días, más allá de su aparente inverosimilitud. Así, con esta palabra, llego a una parte de la descripción de libro que me preocupaba: quería describir el estilo literario con el fácil uso del termino “realismo mágico”, pero no creo que debiera usarlo, no creo que sea esa una definición afortunada. Creo más bien que si quisiera, -enrabietado, obligado- darle un nombre a su estilo diría que es “fantasía irrebatible” o “Irrealidad cuestionable” o... Los textos que se leen son aventuras en cosmos especiales, en lados del mundo que probablemente existieron en algún lado, de alguna forma, pero que se retuercen para que por sus calles, por sus casas, por sus cuevas, por sus paisajes, aparezcan formas de vida y comportamiento que nunca pasaron allí y no pasarán, nunca, en ningún sitio que no sea el de la literatura y la imaginación desbordante.


En cualquier caso, y a pesar de la fama -bien ganada- del cuento titulado “El ruletista”, me quedo, me lo guardo, me apasiona, con el cuento -largo- llamado “REM”, una auténtica obra de arte.

wineruda



lunes, septiembre 26, 2016

EL IMITADOR DE VOCES de THOMAS BERNHARD




















EL IMITADOR DE VOCES de THOMAS BERNHARD
Der Stimmenimitator 1978
Ed. Alianza 140 Pág.
Trad. Miguel Sáenz


Me hace sentir joven leer a Bernhard, con su mal humor proverbial -ese que convierte hasta sus libros de humor en ejercicios extra-escolares para demostrar que el mundo se puede desmontar-, con su sincera crueldad para con el cosmos, con esa ganas de destrozar estos ríos y estos valles llenos de infelices. Me hace sentir joven porque me recuerda cuando veías claramente, allá cuando rondábamos la rebelde juventud, los fallos del mundo, los graves errores, las evidentes carencias de este sucio lugar donde vivimos. Y nosotros, durante aquella rebelde juventud, que podíamos vestír arriesgados pantalones, desgarradas camisetas -qué frío-,y, sí, cantábamos y oíamos punk y ska y mirábamos mal a los mercaderes y bandidos con cartera. Se nos pasó, o nos domesticaron con facilidad -éramos carne de cañón para un mundo controlado ya hacía mucho-. Acaso no podíamos estar de ese radiante buen mal humor todo el rato, o no supimos hacerlo de otra manera. Pero me hace sentir joven Bernhard porque él sí supo que hay que ser diferente y contestatario siempre y en todo lugar y tiempo. No domaron a este austríaco que maniataba a los aduladores, perseguía con sus plumas de acero a todos los vampiros con imagen en el espejo que lo acosaban -premiadores, aparcacoches, lastradores del mundo, de Austria-. No consiguieron que escribiera novelas fáciles para el adinerado gran público.

Y la multitud de cuentos -cortitos- que componen este libro, son como un mirada irónica, son certeros como un disparo de película de Hollywood, son sabios como una madre múltiple; y nos muestran la vida que pasea por la alfombra roja, bajo aquellos focos, que probablemente caerán y matarán a algún protagonista; porque ,eso sí, Bernhard, en este librito, mata y mata y mata  y mata como si de verdad hubiera un mañana, ¿Merecidamente? Pues a veces lo son por descuido, otras por la imbecilidad del universo, otras por la crueldad inútil del asesino, otros por razones evidentes, otras porque son víctimas de esa cruel lógica de la vida actual en manos de asesinos torpes, otros estaban corriendo ese riesgo....el de ponerse bajo el foco que sujeta Bernhard, y algunas veces no es que los suelte sino que los arroja con fuerza...enchufados a algo de gran potencia. Y los cuentos -cortitos- nos hablan de todo y todos: de vacas, de trenes, de cerveceros, de queseros, de jueces, de abogados, de filósofos, de médicos, de leñadores, de vaqueras, de ahogados... Todos culpables o víctimas de la afilada ironía, del sincero buen mal humor, de la bárbara mirada malévola del autor que nos los devuelve o muestra  en forma de esquelas luctuosas con adornos florales, o contundentes noticias de periódico -cortitas- que hablan-sin piedad- de la maldad y torpeza humana.


Me hace sentir joven, también, porque me ha devuelto una de esas palabras que no has usado en mucho tiempo, no por nada especial, sino porque se nos caen sustantivos por el camino, y es la palabra “sorna”. No es nada singular, no es rara, pero es muy adecuada para este libro. Me brotó en la boca en cuanto leí el primer cuento-cortito-. Si no hubiera muerto joven, Bernhard, diría que era un tipo que miraba el mundo desde sus muchos años y soltaba bofetadas a diestro y siniestro, para que aprendas como era el mundo, como un obispo en aquel sacramento, la “Confirmación” -¿aún existe?-para que se acordaran no solo de él, sino para que recordaran que el mundo va de eso: de gente absurda, en situaciones absurdas, con muertes absurdas y vidas absurdas.


Me hace sentir joven porque el primer libro de Bernhard que leí fue hace muchos años y este me ha recordado sus figura potente detrás de las palabras, pero, eso sí, no su estilo en las novelas, que para nada es este. Y digo esto porque un día leí, no sé dónde, que este era un libro para “aprendices de lectura de Bernhard”, y lo cierto es que no, porque este libro comparte, al menos con los libros que he leído de él, temas recurrentes -el frio, la soledad, la muerte, lo malvado..- comparte esa visión irónica y pesimista de el mundo, pero no comparte el rasgo más evidente de sus novelas: su estilo. Lo que hace diferente, -y no fácil.- para mí, de Bernhard, es su estilo al escribir que no es el de estos cuentos -cortante, ágil, sucinto, casi de antiguo telegrama- quien se introduzca en su literatura que no tome este libro como ejemplo de futuras lecturas suyas....Por avisar...


Me hace sentir viejo que haya acabado este libro -por segunda vez- y entiendo que no lo volveré a leer -hay tantos-, pero siempre queda, cuando acabas un libro que te ha gustado, ese regusto amargo de abandonar ese universo para siempre, de no volver a pisar aquellas letras.



wineruda

martes, septiembre 20, 2016

TYNSET de WOLFGANG HILDESHEIMER






















TYNSET de WOLFGANG HILDESHEIMER
tynset 1965
ED. El olivo azul 207 Pág.
Trad. María Cuenca



Un libro, una cerca, un cerco, un círculo cerrado, una esfera en la nada, una mirada hacia adentro. Libros, pared, una voz que rebota en ellos y se convierte en una conversación contigo mismo; eco de palabras sin futuro, verbos que flotan como pompas de jabón y mueren tras explotar fuera de lo oídos de nadie. Insomnio, sueño perdido, sueños perdidos, ojeras, párpados abiertos para ver un solo mundo. Espejos; espejos que muestran a otra persona que no eres tú, el que mira; hay alguien detrás de ti mirando, miles de fantasmas detrás de tu imagen: calaveras, ojos, pelo inquieto, iris sonde se ven los espectros del odio reflejados.

Silencio, inquietudes que vuelven, libros que son una maravillosa obsesión.

Mi obsesión siempre fue interpretar los libros: los trituro y los abrazo, los corrijo y los certifico, los odio y los amo, los mastico y los escupo, los reescribo y los protejo. Sin embargo, “Tynset”, ha sido un reto, o más que un reto. Así, he jugado al escondite con él o he intentado recomponer un puzzle donde todas las piezas parecían tener la misma forma. “Tynset” habla de algo, en apariencia claro y evidente: vemos una fachada amplia y aparente; pero detrás esconde otra portada más tenebrosa, esconde otras direcciones adonde dirigirte; pero no hay mapa, no hay un libro de claves, ni , siquiera, una señal plantada en medio del camino que nos indique si esa es, o era, la ruta acertada. Debemos creer -y seguir- a los que han estudiado el libro, y descubrir en los pliegues y resquicios de las frases, incluso en el papel, el reflejo de un trauma, de una pena, del desgarro de Hildesheimer provocado por su condición de judío escapado de la Alemania nazi, y de interprete en el juicio, a los mandatarios del Reich, en Nuremberg. Lo oído allí, es de suponer, es de creer, deja grabada una señal -cruel e inmemorial-, evidente, en la mente, en los ojos, en las manos, en la pluma estilográfica, en las palabras -y en las imágenes- de un escritor.

Por lo tanto cuando leo las páginas de este libro, estoy atento a lo que me dice y, también, a lo que me puede decir.

Me habla -me dice- sobre un hombre, sin cara, sin nombre -de forma que no es nadie, pero, a la vez somos todos-, que vive en cualquier ciudad sin nombre de Alemania -en una y en todas-. Esta noche en la que lo vemos por única y primera vez, no duerme - es posible que le pase siempre-y habla para si mismo unicamente -pero, así lo oímos-. Habla -empieza y acaba sus relatos, o empieza y sus historias se terminan bruscamente- de lugares, de huidas, de enfermos, de fiestas arruinadas, de biblias arrojadas, de historias ligadas a pasados crueles -a muertes y venganzas-; habla sobre gallos cantando en la oscuridad de la noche -extendiendo su canto, escandaloso y fuera de tiempo por toda la noche y por todo el mundo-; habla de Tynset -ciudad noruega- donde quiere ir quedarse allí, entre personas que no conoce, y personas que pueden serlo todo -hasta figuras y figurantes de Hamlet-; y habla de fantasmas que pueblan su casa; habla de su sirvienta -borracha y beata a la vez, culpable e inconfesa a la vez-; nos enseña el modo de descubrir que los alemanes de la posguerra tenían miedo al teléfono – a lo que le decían por él-; habla de camas, grandes camas, viejas camas, -tentaciones del insomne- que habitan en su casa y que seguramente fueron las mismas donde mataron a gente o murieron de enfermedad o de viejos o de vergüenza, o de ….

Me paro y recuerdo esas páginas sobre esa cama; recuerdos sobre un prostituta, y un casi santo y unos molineros ricos, y un soldado moribundo y unos ladrones... Rememoro con gusto -mucho- esa original -y asombrosa- parte del libro. En ella, Hildesheimer, hace un juego músico-literario y compone una “Fuga musical” con palabras, con imágenes, con el juego de ida y vuelta, de tomar y retomar, historias y palabras; volviendo a recoger los temas, para volverlos a soltar y volverlos a atraparlos, y componer una de los pedacitos de literatura más hermosos que he leído en los últimos años -hermosa obsesión-.


Todos los círculos concentricos, aquellos cercos y cercas de los que hablo al inicio; aquellas voces rebotadas, aquellos fantasmas tras los espejos, aquellas pompas, aquellas calaveras; son parte del lado oculto del libro. Del que adivinas, o inventas, o descubres, acaso en las paredes de la casa, en el ácido olor de la boca de la sirvienta católicamente borracha; inerte personaje que cruza por las páginas para mostrar un lado oculto de los alemanes. Los mismos que se sienten amenazados cuando alguien avisa, al azar por teléfono, que saben todo de ellos, que huyan...y lo hacen. Pesadas piedras-rojas- que esconden debajo de los grandes abrigos que estaban de moda en la Alemania de la posguerra, piedras llenas de cruces gamadas, de pasados que quisieran olvidar -o ¿solo la derrota-. Creo que los mensajes de Hildesheimer se encuentran debajo de muchas de esas piedras, pero también en el ácido rencor  que se encuentra -y ahora, no precisamente escondido- en las palabras, recuerdos, tonos, miradas aceradas, reproches certeros que aparecen en todo el texto. Texto que reprime una obsesión -ahora no bella- sobre lugares cerrados de donde se necesita huir, de donde escapar, cercados por las paredes y el pasado, cercados de personas  que no volvieron, de religiosos y religiones que van cumpliendo con lo que no debió esperarse de ellas. Tynset como lugar a huir, lejano lugar en el que refugiarse y sobrevivir lejos del insomnio que provoca la casa, y sus fantasmas y los fantasmas de los fantasmas y los...

Pienso en “Tynset” como una lección dada por un viejo profesor -de literatura, de arte, de ciencias, lo que os guste- con imágenes bellas, con palabras hermosas, con certera mirada, en una aula en la que se ven las cicatrices de antiguas guerras y huele, aún, a sangre reciente.

Wineruda

martes, septiembre 13, 2016

W O EL RECUERDO DE LA INFANCIA de GEORGES PEREC

















W O EL RECUERDO DE LA INFANCIA de GEORGES PEREC
w ou le sourvenir d'enfance 1975
Ed. Península 180 Pág
Trd. Alberto Clavería

  • Yo no tengo recuerdos de infancia -me dice Georges.
  • Y entonces, ¿ por qué escribir un libro sobre tu infancia? -le pregunto- y, además, ¿Por qué titularlo como lo has hecho? … El recuerdo de la infancia...
  • Porque recordar es rebuscar, es filtrar, es eliminar y aceptar las pequeñas o grandes imágenes que tienes en el cerebro. Y este libro me sirvió para limpiar de zarzas mi historia y encontrar los caminos que circulé, aunque a veces solo fueran estrechos pasadizos y...
  • Ya -insisto- pero no deja de ser un engaño al lector que le prometas tus memorias y en la primera página le digas, mas o menos, que no te acuerdas de nada o...
  • Ni miento ni engaño a nadie, -me responde Georges, acariciando de arriba a abajo su puntiaguda barba- porque también he dicho desde el principio que hasta los doce años apenas me quedan restos en la memoria de hechos que me sucedieron; y que por ello he intentado reconstruir mi pasado desde los lugares que sé que estuve, hablando con mi familia y con algunos de los pocos amigos que entonces hice y he podido encontrar.
  • ¿Crees que los has olvidado o los has querido olvidar? -le pregunto mientras veo que su gato entra en la habitación y salta sobre sus rodillas- Pienso que tu infancia, por los años en los que discurrió, debe ser, para un niño judío como lo eras tú y por lo que sucedió a tu familia, un época de terror...la Segunda Guerra Mundial.
  • No sé si es, no me preocupa, un olvido obligado o uno necesario; para un niño como yo el escapar hacia la Francia libre, o cambiar de apellido o en refugiarme en un internado católico, era apenas más que un juego, que ahora veo peligroso, pero entonces solo era un juego al fin. La muerte de mi madre en Auschwitz no la conocí hasta acabar la guerra en Francia, y el alcance de todo aquello hasta mucho después -Georges se calla y mira al gato fijamente, parece buscar algo más allá de su figura-.

Creo que el pudor me hace callar un momento, pienso que si alguien puede querer olvidar algo son todos aquellos que perdieron a sus seres queridos, a sus amigos, o simplemente al vecino de al lado, o al que compraba el pan junto a él en la panadería del barrio. Sí, pero no lo hacen ni lo harán porque olvidar es injusto y cruel para con aquellos que dejaron sus vidas en las cunetas, en las cámaras de gas, en los tumbas colectivas con un balazo en la nuca... El hecho de ser judío, o gitano, o lo que sea que no fuera bien visto por los nazis suponía la muerte: por un apellido una bala, por una religión un gas, por una ideología una ametralladora, por una raza el exterminio...

Georges tiene los ojos cerrados y sigue acariciando al gato tras las orejas. Yo me pierdo en mis pensamiento no sé cuánto tiempo, hasta que miro los papeles que tengo en mi regazo, en ellos he escrito que el libro está compuesto por dos historias separadas: una sobre la vida de Perec y su familia, y la otra sobre la vida en una supuesta isla del Pacífico, W.

  • ¿Por qué escribir dos historias paralelas aparentemente tan diferentes? -Le pregunto de repente, y él parece salir de su ensimismamiento-.
  • Los libros tienen dos formas de mirarlos: por lo que cuentan y por cómo lo cuentan; de este modo se pueden encontrar dos caminos para explicar lo que quiero contar, por caminos paralelos llegar a un mismo fin. Necesitaba contar -sigue Georges-... Sí, contar mi historia, la que recuerdo...la mía y la de mi familia; pero también hablar de todos aquellos que no conocí, de todos aquello que se movían junto a mi: lejos y cerca. Tan lejos y tan cerca como la muerte y la vida.
  • Pero son dos histor...-comienzo a decir-.
  • Por otro lado -continúa, sin parar- escribir dos historias me permite hablar por un lado de la búsqueda de mis recuerdos, confirmados algunos, alterados otros; hablar de una realidad cierta para mí. Sí, una realidad que puede visitarse, tocarse tiempo después -Y al decir esto me mira con melancolía-. De este modo puedo confrontarlo con la metáfora de esa isla que aunque no podamos tocarla , ni pisarla, sí podemos olerla, porque apesta, y sentirla en los huesos.
  • ¿Pero -insisto- la historia de la isla de W, es una historia que comenzaste a escribir en tu juventud?
  • La escribí, y la sigo aun escribiendo, y la escribiré siempre, porque es la historia, como te dije, -Me mira un poco molesto por mi infantil insistencia- con la que cuento, acaso, lo que quise olvidar y, en cualquier caso, recuperar y reconstruir lo que comencé, comenzamos, a conocer tras la caída de los nazis.
  • Comenzar...
  • Y -continúa, y me sigue mirando fijamente con esos ojos semicerrados, no sé si por las ojeras o por el cansancio- a veces se dice que contar tu pasado, tu historia, es hacerte una limpieza del cerebro, pero esa no era mi intención. Mi intención en el libro no es hablar de mí, es hablar sobre mi madre, sobre mis abuelos, sobre todos aquellos que se quedaron en el camino, por una razón tan cruel como bárbaramente estúpida.

La historia que cuenta Perec en esa narración paralela sobre la isla de W, es acerca de un lugar distópico, cruel, sucio, extraño, donde las personas rigen su vida por el deporte...

  • ¿Por qué el deporte? -le pregunto.
  • Porque para algunos matar fue, y es , un deporte. Y ya no sólo matar, sino el ser cruel, el ser poderoso, el dominar a los demás, el humillar, vencer, pisar, destrozar las vidas es un ejercicio que parece tonificar sus músculos, renaces su espíritu. La mente humana, el cuerpo humano, no deja de ser, muchas veces, el refugio de gente que no solo está podrida, sino que pudre el mundo que le rodea. -Georges se altera y se levanta a encender un cigarro-
  • Es cierto -le digo mientras él mira con fijeza la llama de la cerilla- .

Hace un aro con el primer humo del cigarro, se eleva y desaparece en el techo oscuro.

  • ¿Pero escribirías el mismo último párrafo dentro de 10, 15 ó 20 años?.-le hago la última pregunta-
  • ¿Por qué me lo preguntas? -Me contesta algo alterado, cerrando los ojos hasta que solo son una línea negra-.
  • Por que encuadra tú libro en la época concreta que has terminado el libro, en una situación política y social exacta, lejana a lo que cuenta realmente el tema del libro...
  • Por supuesto que lo haría-exclama Georges algo enojado- podría escribir el mismo final, mañana y pasado y dentro de 41 años, con distintos nombres pero igual resultado, y no variaría nada lo que digo, porque permitimos que los mismos hechos se repitan una y otra vez, invariablemente; y los mismos  perros de presa continúan existiendo, pero con diferentes amos y cadenas. Siempre es la misma historia...


Oscurece en la ciudad, no sé cuál es el lugar en el que estoy, no se lo he preguntado, no creo que importe. No existe el tiempo ni apenas espacio en este lugar. En las paredes se ven unos cuadros de paisajes recortados con forma de puzzle, encima de la mesa luce un viejo bilboquet. Estoy donde debo estar, en este y en cualquier momento; todo es eterno entre letras. Miro por la ventana y el cielo parece enrojecer y arder,-mañana hará buen tiempo- Acaso nadie de nosotros lo verá.

wineruda