lunes, agosto 05, 2019

EL TIEMPO DE NUESTRAS CANCIONES de RICHARD POWERS







EL TIEMPO DE NUESTRAS CANCIONES de RICHARD POWERS
The time of our singing 2003
Mondadori . 772 Pag.
Traductor: Jordi Fibla




Reedito y corrijo un libro que me llegó como pocos



Hacía tiempo que buscaba este libro, lo único que me hacia dudar es que en ningún blog, en ninguna web, había un mísero comentario sobre él, eso que ya tiene 12 años. Ahora lo único que lamento de haber empezado esta novela, es que no puedo volver a empezarla y descubrirla por primera vez, de nuevo. El placer de la lectura se  hace dimension entre sus páginas, encuentras un punto comparativo, una medida con la que cotejar, encuentras un refugio de tus dudas, he descubierto un mapa por donde caminar sin perderme entre ese laberinto de libros de los que sospechas. Aquí, en esta novela, no recelas, fluyes por sus letras como por un tobogán de niño, veloz, hacia alguna parte divertida, instructora. A pesar de sus cerca de 800 páginas tuve que poner freno a la lectura, apaciguar mis ganas de seguir, - pudiera ser que fuera también. saber, digerir, escuchar- , para saborear sus textos, oir su música, llorar sus penas, entender sus conceptos y gritar sus ganas. Pero la leí en silencio, sin musitar nada, para entender el sonido, la música que se agolpa en la esquinas de sus páginas, que desborda el pápel en un estruendo de afinación y concierto; y sentirque sus pasajes, como una partitura de un motete a capella  escrito para muchas voces y un sólo oído, eran solo para mí.

“El tiempo de nuestras canciones“ es la historia del matrimonio entre David Strom y Delia Daley. Entre un científico judío huido de Alemania, y una joven cantante negra, en el Nueva York de los años 30 del siglo pasado; tiempo y lugar en los que en muchos estados norteamericanos estaba prohibido ese matrimonio “mixto” bajo pena similar a la de homicidio. Y es la historia de sus hijos - Jonah, Joseph , Ruth- Y es el testimonio sobre sus familias, de su crecimiento, de su cambio, de sus verdades. Pero también es la crónica de un familia y una sociedad sumida y sojuzgada por el racismo, donde nada les es permitido a los negros, nada se les perdona, ningún derecho les es otorgado. La novela discurre entre aquellos acontecimientos históricos reales - lucha por las libertades civiles, panteras negras, asesinatos … -y su reacción y relación sobre los protagonistas del libro.

Pero lo que amalgama el libro, lo que le hace sobresalir, es la música. Sus descripciones, sus detalles, su conocimiento, todo resalta sus líneas, agita tu intelecto. Por sus folios pasan desde Byrd, Bach, Schumann, Schubert, Beethoven, Rodrigo, Dvořák, Mozart, Haydn, Verdi, Dowland, Mahler... hasta el jazz de Coltrane, Nina simone o Miles Davis. Y el gusto es tan exquisito que conmueve los sentidos, pareces oír latir sus gargantas, acompañar sus teclados, insuflar aire a sus pulmones para que surjan sonidos fortes o pianissimos, crescendos o diminuendos. Y es la música la que une el matrimonio, la que alegra sus días y noches, la que perdona sus problemas. Su belleza los salva o los puede condenar,  y la que crea refugio, es su casa y es un vida, sobre ella educan el futuro de sus hijos, y sus hijos construyen el futuro, sea el que quisieron o no, y es el cauce que creará sus vidas o las cambiará.Y  será la que separe a parte de su familia -música que creían de blancos , pero sentidas, amadas, creadas casi  para esos corazones de esos niños negros -mulatos-.

Son esos compases afinados y bellos los que parecen ser unos extraños para este mundo desafinado.

Y sobre todos los pasajes de la narración , por sorprendente que parezca, sobrevuela la teoría de la relatividad. Más que ella, es el tiempo, es la necesidad de saber cómo puede ser superado, como puede cambiar, acelerar o detenerse o , quizás, volver al pasado o ir al futuro, allá donde están tus corazones, allá donde no haya problemas, allá donde esté la vida, allá donde no haya colores.

“El tiempo de nuestras canciones“ esta escrita y descrita de tal modo que va y vuelve, no hay sitio para el tiempo o el espacio. Los hechos -los capítulos- se suceden, pasan del pasado al futuro, de un lugar a otro, de un momento histórico a una realidad ficticia, de un narrador a otro. Nada se detiene, todo cambia, como el tiempo que para cada uno es diferente, para cada personaje también lo es. El sonido de las horas, los días, los meses, a veces va acompañado a veces desparejado; hay momentos de comunión perfecta, hay momentos de divergencia absoluta, pero cada uno busca encontrar su camino, bajo las razones que les han sido dadas, heredadas o aprendidas. Y así cada uno busca su identificación, su realidad, desde su estado de ser pareja de negra y blanco buscando un lugar entre los suyos, ¿pero quién son los suyos? O desde el hecho de sus hijos mulatos que no son ni blancos ni negros, posicionados en medio de una lucha tanto racial como de clases, mirados de forma vacilante u odiosa por unos o por otros. La búsqueda de esa identidad les llevará a cada uno por diferentes caminos y allí se cruzarán los espacios y los tiempos...

Supongo que definir una novela es difícil, una vez leí que cierta novela era una obra de arte, aquella no lo sé, ésta lo es: por como escribe Powers, por lo que cuenta, por cómo lo cuenta y ciertas razones más que sólo las sabrás si la lees.



10 comentarios:

  1. Estimado Atlas, por favor las perseidas!, vaya olvide avistarles. Recuerde pedir sus deseos y agregue los míos. Es que aquí no se dejan ver. No sé si será porque somos tirando a ateos y/o agnósticos o porque estamos cabeza abajo del mundo y eso les dará vértigo.
    Cualquiera sea la razón o combinación de estas, estimado Atlas conminado está de llevar a cabo mi encargo. Entre tanto continúe leyendo eso por lo que se le dado en este estío o hastío. Yo paso, pero vaya novedad! Vuelva a su eje, los clásicos, quién y qué puede agregar a lo dibujado por Virgilio, Dante, Esquilo,..., acaso no es siempre el Hombre el sujeto de nuestra indagación, comparación, obstinación.
    Las perseidas, hoy martes las perseidas y los deseos, claro.

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    1. Las Perseidas, querida Selva, pasan pero no se asoman. Aquí lucen las nubes y se apaga sol y la Luna, hasta se nos ha ido Venus, la diosa y el otro. Que la lluvia tiene querencia hacia estas tierras, algo así como si estuviera el mapa torcido hacia aquí, como en embudo, pero, no me quejo,¡jamás! me encanantan esos 15 grados y lluvia en Agosto, así paseo mi manga corta en el simil este de invierno u otoño.ME molesta, sin embargo, que no pueda cumplir mis/sus deseos de pedir deseos, pero algún día estaré mirando al cielo de la noche..-que hago a menudo porque me acuesto muy tarde- y pasará alguna estrella fugaz o a lo peor es un satélite de comunicaciones que cruce raudo el cielo y yo pediré su deseo y el mio, aunque sea a una estrella falsa y tecnológica, pero , ya sabe, uno va perdiendo vista con la edad...
      POr cierto este libro no es un clásico, además no lo leerá nunca, ni siquiera lo encontrará, pero, sépalo, le gustaría.

      Cuíde de los satélites que crucen el cielo de Montevideo que pueden ser sus Perseidas de hojalata, que no es lo mismo, pero tienen ese encanto refulgente.

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  2. LA COMPRAVENTA

    Yo amo a aquel que desea lo imposible.
    Goethe
    I.

    Con el decorado adecuado, las ventanas ciegas y la luz oblicua, el hombre en posición ritual intentó el Conjuro a la manera de los iniciados. La Ceremonia milenaria a la que se sometió, le había tomado años de preparación. Eran innumerables los tratados sobre el tema que él estudió escrupulosamente y que ahora le permitían una invocación unívoca.
    El olor a azufre, como estaba previsto, le preanunció. De inmediato, vestido de manera sencilla y sin las dos protuberancias frontales pero con una barba prolija, el Demonio apareció ante sus ojos. Atónito, sin disimular el asombro y sin tiempo para urdir una respuesta peculiar, el hombre se sinceró: ¡Pensé que no vendrías!

    -Imposible, si el Ceremonial se cumple según el protocolo, no puedo dejar de acudir a una cita, ¡es mi trabajo!

    El hombre se serenó. Lo había supuesto más agresivo, menos fatigado. Son los años pensó, y mientras limpiaba sus anteojos con un pañuelo pretendió explicarle el porqué de su demanda. El Otro lo interrumpió apenas el hombre balbuceó las primeras palabras.

    No necesito ninguna explicación respondió su interlocutor, y se acomodó con desgano en una de las sillas del cuarto, sacó un paquete de cigarrillos y sin convidar prendió uno. La suerte de tratar con humanos me allana el camino se ufanó despectivo, tirando el humo por la nariz, al tiempo que medía al hombre con la mirada: sexo masculino, apuesto, 45 años, comerciante y según los datos solicitados al sistema, muy ambicioso.

    -Me convocan y me dicen: "Sr. Mefistófeles, pretendo venderle mi alma"... bah, lo que dicen todos. ¡Qué poca originalidad!... Alighieri, Goethe, Lewis... ¡ellos sí que poseían estilo!

    -¡Estás en un error! Dijo inquieto el hombre. Esa fue la excusa para que no rechazaras mi solicitud, pero no te llamé para vender mi alma... hizo una pequeña pausa y agregó casi al borde del pánico, ¡te llamé para comprar la tuya!

    La sorpresa cruzó la cara del Malvado como un latigazo. Un golpe bajo que disimuló con una mezquina sonrisa dentro de su barba prolija. Presumía que el hombre era codicioso, pero no tanto como para intentar comprarle el alma a Él. Evidentemente se trataba de un error. Apagó el cigarrillo sin terminar y dijo severo:

    -¿Escuché mal o bromeas?

    - No bromeo... no soy tan necio, titubeó. ¿Cómo podría yo, apenas un simple humano, tomarte a broma?... y más aliviado con un permiso se sentó.

    El desparpajo del individuo era inaudito; ¡requerirlo a Él con la intención absurda de comprarle el alma! ¡Justamente a Él! Sin embargo reconoció que la idea además de original, lo sacaba del hastío. Sarcástico, dijo:
    -Tu omnipotencia es conmovedora, ¡pretender comprarme el alma a Mí, al mismísimo Demonio! Mi imaginación es escasa, muy escasa.

    Lo provocó con el afán de divertirse.

    -No se me ocurre qué puede ofrecerme un humano como tú para despertarme tal interés.
    La respuesta largamente meditada del hombre sonó como un disparo en el recinto.

    -¡Mi cuerpo por tu alma!

    -¿Tu cuerpo por mi alma?... eres ridículo. Debo tener cara de estúpido. ¡Querer poseerme con tu cuerpo! ¡Ja!

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  3. -Perdón. Se disculpó el hombre. Quizás no me expresé correctamente. No pretendo poseerte con mi cuerpo, sería insensato de mi parte. Mi cuerpo te lo ofrezco vacío, sin alma y sin voluntad. No seré yo. Serás Tú dentro de mi cuerpo.

    El comerciante, idóneo en el arte de la compraventa era audaz y la audacia era una de las debilidades de Mefistófeles. Por eso Éste, en tren de burlarse, decidió continuarle el juego:

    -¿Y por cuánto tiempo? Como te restan pocos años de vida... digo. ¿O con la propiedad de mi alma aspiras obtener mi inmortalidad? Irónico y muy entretenido a costa del sujeto que tenía la audacia de sacarlo del tedio, de la rutina, cíclica y eterna.

    -Muy poco tiempo, apenas un instante.

    -Un instante. Ajá. Bien, en realidad admito que un instante no es mucho tiempo.
    Si me cedes primero un instante de tu alma, respondió el hombre, ahora más seguro y menos tenso mi cuerpo, te pertenecerá por siempre.

    Si no fuera por los datos del sistema, Mefisto hubiera jurado que el hombre era un demente y éstos, claro, estaban eximidos de responsabilidad. Lo descartó. El sistema era eficiente y la posibilidad de una falla era escasa. Continuó con el diálogo porque ansiaba conocer las fantasías que anidaba el sujeto con la propuesta.

    -Lo que no logro entender es para qué quiero yo tu cuerpo mortal y no tu alma inmortal. Razonó risueño en voz alta el Perverso. La expectativa de seguir divirtiéndose lo excitaba.

    -Con mi cuerpo te ofrezco mi presente, no mi futuro contestó el hombre, además una oportunidad única para ti, e hizo silencio hasta que la atención del Otro se hizo evidente en su rostro. Entonces dijo con firmeza: Con mi cuerpo te ofrezco la oportunidad de una Encarnación al igual que Él. ¡Imagínate! ¡El Ángel Rebelde Encarnado! Y bajó los ojos para ignorar la reacción de su interlocutor.

    Apenas escuchó: "te ofrezco la Encarnación al igual que Él", la barba prolija se le desprolijó, las dos protuberancias inexistentes se pusieron rígidas y temblaron como dos senos obscenos.

    -¡No tientes al Demonio!, le gritó furioso golpeando con fuerza la mesa.
    Un temblor dominó al hombre. No era su intención encolerizarlo, sino negociar. Respiró hondo, se enderezó en la silla y aparentando una seguridad que no poseía, dijo:
    -Mi intención no es otra que concretar una simple operación comercial. Lo cual era cierto.
    Como al Maestro del Mal le fue imposible evitar que la posibilidad de la Encarnación lo intranquilizara, casi pierde el dominio de la escena cuando amenazó:
    -¡Si tratas de engañarme! Pero muy curioso por conocer el rédito que obtendría con la transacción, le requirió al hombre explicaciones de la causa, del por qué, del para qué comprarle el alma por un instante.

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  4. -Para mí será un acto único. El todo o nada como en una mesa de juego. Contestó el comerciante. ¡No existe parangón de oferta similar en la historia de las compraventas! Necesito ser un ejemplo para mis hijos, para que ellos se sientan orgullosos del oficio de su padre, un oficio tan desacreditado últimamente. Nuestro apellido debe brillar para siempre en los anales de la compraventa.

    -¿Aunque te vaya la vida en ello?

    -¡Aunque me vaya la vida en ello! Afirmó contundente.

    II
    El Tenebroso olía a trampa y a mentira y eso provocó su estima. No confiaba en absoluto en el individuo ni en la veracidad de sus justificaciones, pero sabía que el único camino que tenía a su alcance era lograr que siguiera hablando para descubrir las razones últimas, no dialécticas, de esas motivaciones. Luego lo desecharía como a una bolsa de basura. No iba a permitir que un miserable mortal se diera el lujo de pensar que podía engañarlo. De todas maneras sólo perdía el tiempo y el tiempo le sobraba.

    -Salvo un ridículo plagio, sigo sin entender en que me beneficiaría tu cuerpo. Mordaz.

    El hombre sabía que provocar la vanidad de un contrincante era una táctica falaz. Conocía muy bien el juego, y siempre le había dado buenos resultados. Así que decidió incitarle la soberbia al decir:

    -Eres Diabólico. No te será difícil sacarle ventajas a mi propuesta.

    -¿Ventajas?

    -Sencillo. Conoces el oficio de tentar, no el placer de ser tentado, he hizo otra pausa.

    -¡No me provoques! Dijo el Ladino verdaderamente indignado. Conozco ese placer y me costó demasiado caro para que lo saques a relucir. Tenía el futuro para castigar tanta imprudencia.

    El hombre se acobardó por el paso en falso que causó la ira de Mefisto al recordarle la Rebelión Celestial, pero de inmediato se repuso. Dedujo que lejos de mostrar debilidad debía duplicar la apuesta. La improvisación era su fuerte. Apostaría sus cartas con la mayor pericia posible.

    Mostró la primera:

    -¡El placer que has experimentado no es nada comparado con el que te ofrezco! Como si jugara al truco, el hombre tiró sobre la mesa un tres de oro: la Codicia.

    Para el hombre, la Codicia le exigiría a su Contrincante seguir el juego, matar el tres de oro.

    El Demonio, al observar los ojos del hombre y ver que no pestañeaban ante su mirada inquisidora, concluyó que el sujeto no era un improvisado. Por el contrario, era un jugador frío y calculador, un fullero; ¿y qué placer podía ofrecerle este mortal insignificante y mentiroso que Él no conociera? Era todo un desafío, porque el humano parecía seguro en su oferta y Él no tenía aún el poder de condenarlo... no todavía. Decidió que por el momento no daría la partida por terminada, aunque por Prudencia, la entibiaría.
    La Codicia estaba sobre la mesa como un tres de oro. La Codicia lo empujó a seguir dialogando.

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  5. -Pareces más un teólogo que un comerciante. Dijo adulando el ego del hombre mientras descansaba sus manos cruzadas sobre el abdomen. Los silogismos fueron siempre mi diversión. Me encantan. Tengo escrito algunos tratados sobre ellos. Adelante. El ego del hombre... un siete de velos.

    El hombre adivinó que debía apostar más fuerte. No perdería la segunda mano. El as de bastos era suficiente.

    -El placer de tentar no te es suficiente para ser feliz... hizo un silencio premeditado para alertar el interés del Rufián, apoyó sus brazos sobre la mesa y se le acercó. Intimando susurró: así incitaste al género humano hacia el arduo camino de la culpa y el castigo. Y el Otro, estupefacto, se vio obligado a escuchar atento el perfecto sincronismo de relojería que tanto conocía a la perfección: Placer, Pecado, Culpa y Castigo.

    -Obvio. Replicó el Demonio. Y con el obvio se desprendió de un cuatro de copas como quien se desprende de una carga molesta.

    El hombre descifró que el final del juego se acercaba. Replicó:

    -Pero sólo sabes de este placer, el de tentar. Dijo como si hubiera dicho que existían otros placeres mayores que Mefisto desconocía y que él, el hombre, se los podía ofrecer. Lo que desconoces, por no pertenecer a la especie,... otra vez el silencio premeditado, es el placer que existe detrás de la Culpa y el Castigo. O asestaba el golpe con mucho dramatismo o el negocio estaba perdido. ¡No hay mayor placer para un hombre que ser perdonado!
    Mefistófeles se atragantó. Tosió. Se paró. Apartó la silla a un lado y con el dedo índice empujó el pecho del comerciante que se atrevía a desnudar su ignorancia sobre el placer del Perdón. Y furioso, muy furioso, exclamó:

    -¡Vade retro, humano!

    El hombre, que no esperaba tal descontrol, entendió que había abierto una herida muy profunda y sin retorno. Debía arriesgarse al todo o nada. Así que con un gran esfuerzo en la voz remató como si dijera "vale cuatro":

    -¡Sé que no conoces la experiencia del Perdón, sin embargo cualquier hombre tiene ese privilegio! Y para acompañar la importancia de sus palabras también se paró. El as de espadas estaba sobre la mesa: el privilegio del Perdón, el que transformaba al hombre en un Ser Excepcional.

    Mefisto, que no daba crédito al rumbo que había tomado la negociación y con un escalofrío en la piel, le escupió en la cara:

    -¡¿Acaso te has escapado de los infiernos?!
    El hombre, paralizado, sólo atinó a refugiarse en el silencio.

    III

    El Maligno estaba pasmado: había renunciado a la esperanza del Perdón y ahora este humano, este hijo de humano, le ofrece la Redención. Encarnación y Redención. Destruiría al sujeto como nunca antes lo hizo con ningún mortal. Pero primero debía sopesar el negocio. Dejaría su enojo y su furia para más adelante. No cometería dos veces el mismo equívoco. Tomó el paquete de cigarrillos, sacó uno para sí y le ofreció otro al hombre.

    -¿Fumas? Se lo ofreció con rostro angelical y se volvió a sentar.

    El hombre lo observó con detenimiento. No se engañaba; su experiencia le hizo adivinar en el gesto conciliatorio un tiempo para la reflexión.

    -Gracias. Y aceptando el cigarrillo y la tregua, también se sentó.

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  6. El Demonio estaba fascinado por la idea de un artificio para conseguir el Perdón, pero era importante que el hombre no lo descubriera. Antes de una decisión definitiva debía evaluar la oferta. Siendo humano se dijo, poseyendo el cuerpo del hombre, no era tan insensato pensar en alcanzar la Redención que no pudo como Ángel Rebelde. Admitió que la palabra Perdón en boca del hombre era una vil estocada: Él estaba desterrado de la palabra. Se vengaría. Fríamente. Sin emoción. En el momento oportuno. Poseía la eternidad para esperar. No soportaba la pedante inocencia del comerciante. ¡Venir a comprarle el alma! Calmo dijo:

    -¿Fuego?

    -Sí, por favor.

    Mefisto encendió ambos cigarrillos. La oferta no tenía parangón en la historia de los pactos. Era única. En eso coincidía con el hombre; en eso y en que nunca tuvo la oportunidad de gozar de un cuerpo sin violar la voluntad del cuerpo poseído. Ahora debía concentrarse en el negocio, nada más que en el negocio. Calmo, muy calmo.

    -¡Que te quede claro! Y exagerando ex profeso la amenaza continuó: ¡Si escondes alguna artimaña, no olvidarás nunca con quién estás hablando!

    El hombre dio una larga pitada para disimular su terror y contestó:

    -¿Qué artimaña podría ejercer un hombre como yo, en apenas un instante y frente a tu Poder? Y esperó.

    Mefisto, por su parte y sin apuro, se dio un tiempo para analizar la conducta del hombre. Reflexionó que al humano no lo guiaba el orgullo frente a sus hijos, sino la soberbia. La soberbia de realizar el acto comercial más trascendente en la historia de la compraventa. Y la soberbia, pecado grave, se convertía en gravísimo por el sólo echo de citar al Demonio para comprarle el alma y más aún, pretender poseerla por un instante. Sopesó la posibilidad de un discípulo aventurado y advenedizo en la figura del hombre liderando un posible complot en su Reino. A sus súbditos los había adiestrado eficientemente y esa ínfima posibilidad de error en el control nunca le permitía estar tranquilo. No se arriesgaría. Antes del instante a negociar realizaría la investigación correspondiente. De estar todo en orden, el alma del hombre ya era suya. Sólo el venderle su cuerpo lo condenaba. En eso radicaba la necedad del hombre, su doble perdición eterna: cuerpo y alma. ¡Y sólo por un instante!
    Una mueca risueña, aduladora y pícara le suavizó el rostro cuando se sintió seguro de la conclusión a la que había arribado. Sin vacilar y con autoridad, dijo:

    -El día y la hora la fijo yo. El lugar te lo haré saber cuándo corresponda. Enviaré a quien te ponga al tanto de la ceremonia. Y apagó el cigarrillo.

    Un apretón de manos entre ambos bastó.
    El hombre quedó petrificado.
    Sin más preámbulos el Demonio desapareció.

    IV

    Una nube incierta de humo en la semipenumbra del cuarto desdibujó por segundos el perfil del hombre: el perfil de un comerciante pensativo, vacilante y temeroso. Docto en la materia, no ignoraba la regla de oro de cualquier transacción comercial: una compraventa recién se concretaba en el preciso instante del intercambio del pago, el de dar y recibir. Tampoco dudaba de la excelencia del negocio acordado, el pacto estaba sellado y Mefisto, justamente por Ladino, no dejaría pasar la oportunidad ofrecida. La confusión del hombre no era tan trascendente como mercantil. Además no podía permitirse ningún desacierto, un paso en falso y su condena eterna era inevitable. Ahora debía evaluar con la mayor eficiencia posible el próximo paso a dar, y para eso sólo tenía que decidir, y decidir era comerciante al fin, ¡qué pedirle a Dios en ese preciso instante, por entregarle el alma del Demonio!

    FIN

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  7. Delivery del lector al blog.

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    1. ¿ES suyo? Me responderá que no tiene importancia de quién sea, que es un regalo, ¿o quizás un detalle o a lo mejor una declaración? o puede que me diga que es algo que le llegó y cae o se transcribe aquí; acepto que me diga que es una parte que encontró entre dos extremos y esto es el mensaje que quedó. Le diré de nuevo que si es suyo y me responderá que sí, o puede que me diga que no; que es suyo tanto como lo son las cosas que leyó de niña o ayer, o puede que sea menos suyo que el saludo de la primera persona que ha cruzado al salir hoy por la mañana, o puede que sea un invento de un alumno descreído o creado. Puede que sea su expresión sobre la naturaleza del hombre y del diablo, y yo le diría que habla más de Dios que de ellos, pero puede que el juego de cartas que aparece amanezca más tarde que la mano que lo lleva, o puede que cada mañana solemos estar en este trasunto de mundo vendiéndonos almas y cuerpos y al final solo somos pedazos pequeños de meteoritos que pasan por la atmósfera como Perseidas descubiertas, y que valemos para sueños de amigos e de enamorados, ser materia celeste solo está en manos de dioses y diablos.
      Cuídese
      y si fuera suyo , que lo es y que, ya sé, que no lo es, santígüese y salte al fuego que ambas cosas surgen de una mano.

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  8. Estimado amigo, es exactamente como Ud. bien adivina.

    De ese evento hace ya 15 años, le recuerdo perfectamente, era un día exactamente igual al de hoy.

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Hoy...

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